
Cambio y renovación son dos conceptos que no existen cuando de elecciones regionales se trata. Cada cuatro años vemos cómo los mismos clanes políticos mueven sus fichas –así sea desde la cárcel– para quedarse con el poder que por años han ostentado en sus zonas de influencia.
La contienda de octubre no es la excepción, todo lo contrario. La entrega de avales dejó al descubierto las alianzas y el tejemaneje para fortalecer o resucitar a esos barones electorales que históricamente han estado detrás de los hilos de la política local.
Un territorio condenado a este tipo de prácticas es Córdoba. No solo los mismos de siempre se disputan un botín en las elecciones, sino que detrás de varios de esos nombres, está la corrupción que ha desangrado al departamento. Sin embargo, Colombia es un país en el que un escándalo tapa al otro rápidamente y los ciudadanos parecen olvidar pronto cuando de dar un voto se trata. Hoy, la Gobernación de Córdoba estaría entre Erasmo Zuleta y Gabriel Calle. Ambos pertenecientes a familias poderosas de la región.
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