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Velia Vidal
Puntos de vista

Quibdó es un estuario

Ahora llueve. Esta última semana se incrementaron los pedidos de camiones cisterna llenos de agua para abastecer las tinas y tanques subterráneos de hoteles y hogares, que estaban llegando a su límite por la ausencia de lluvia. Me alegro con la lluvia no solo porque llega justo a tiempo para que mi casa no sea otra de las que se quede sin agua, sino porque es fuerte, suenan truenos y caen rayos, es lo que llamamos un chocoano, o en otro tiempo chocosana, un aguacero muy típico que pocos han descrito con precisión. Esta tormenta que lo abarca todo, me da la certeza de que estoy en Quibdó aunque no vea ahora mismo el río Atrato ni sienta el olor de la Alameda. Podría ser el calor de otro lugar, la humedad de cualquier ciudad, pero esta lluvia es solo la de aquí.

Ayer caminé hasta la oficina porque me gusta el desorden y el ruido de las calles, me gusta el estallido de color que ofrece esta ciudad. Su estridencia, en dosis moderadas, no me choca, sino que me produce felicidad. Amo los adiós seño Velia que me gritan desde alguna acera contraria, amo detenerme por un chontaduro que se ve bueno o por un trozo de piña chocoana. Caminé agarrada de la mano de mi pareja porque el temor que me produce hoy la ciudad me impide hacer cualquier caminata sola. Si se me acerca una rapi (mototaxi) se me aceleran los latidos, si noto que alguien desconocido me mira fijamente o parece detallarme deseo de desaparecer o salir corriendo. Me siento expuesta.

Es uno de los lugares más peligrosos del mundo, me dijo mi hermano unas horas antes de subirme al avión. Las cosas que están pasando mientras los demás vivimos aparentemente en calma son horribles, me dijo otra persona, a propósito de una conversación reciente con comerciantes.

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