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Yezid Arteta Dávila
Puntos de vista

Vida perruna

El carro avanza a trompicones por una de las trochas polvorientas del Catatumbo. La región, como el resto del país, lleva semanas sin recibir una gota de lluvia. Por el cristal del carro se observa a media docena de canes criollos alrededor de un picadero de carne. Una pieza de cerdo cuelga de un gancho y otra sobre un mesón. Los perros salen cada día a buscarse la comida y el agua. Duermen donde los coge la noche. No tienen, como sus colegas de la city, asegurado el pienso. Mean y cagan en el monte. Su misión en la vida no es la de juguetear y dejarse acariciar de sus amos, sino la de ahuyentar con sus ladridos y colmillos, a quien venga a hacer daño en el caserío. Los perros fijan la mirada sobre el cuchillo del carnicero. Guardan la esperanza de que el hombre les arroje alguna migaja de cebo o pellejo.

En el Catatumbo la vida es un milagro. Cientos de personas salen cada día a buscarse el pan. Madrugan, a “rebuscarse”, como lo hacen millones de colombianos y colombianas. El “rebusque” es la principal fuente de subsistencia en Colombia. Vender masato en una plaza, cuidar un carro en una calle, escarbar entre las basuras, limpiar los retretes de un estadero, freír empanadas en un ventorrillo o realizar maromas junto a un semáforo, son algunas de las actividades que le permiten a millares de colombianos, juntar unas monedas para sobrevivir un día. No dos. Para esta masa de colombianos no hay futuro, sólo presente: lo que trae el día. El empleo formal es un privilegio en Colombia. Sin esta masa “rebuscadora” la bomba de relojería que lleva por marca “Colombia”, estallaría.

El Barrio Largo, es la zona más deprimida de Tibú. A lo largo del caño Campo Cinco hay una seguidilla de viviendas levantadas con materiales de rebusque. La miseria salta a la vista. Niños malnutridos y sin escuelas. Perros enflaquecidos, aún con aliento para correr tras de una motocicleta. Lugares como estos también existen en Bogotá y las principales ciudades de Colombia. Allí viven mujeres y hombres que salen por la mañana a limpiar casas o cuidar conjuntos residenciales, y vuelven por la noche con las fuerzas mermadas. Así se les va la vida. Otros, en cambio, salen a buscarse la vida mediante un puñal o una pistola hechiza. No hay que echar mucha tiza y tablero para concluir que la violencia rural y urbana que prolifera en el país no se acaba con bravuconadas. Está de moda elegir a charlatanes que sólo ofrecen garrote. La mejor alternativa es la de coger el toro por los cachos, como hizo el mítico dios.

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