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Martín Jaramillo Ortega
Puntos de vista

20 años de aquel Once

Ahora que se cumplen 20 años del título de la Copa Libertadores del Once Caldas, confieso que fue hermoso ver en 2004 cómo la épica se tomó el deporte más famoso del mundo y nos dejó ver lo impensado.

Las casas de apuestas, muy sonadas por estos días, demostraron ser tristemente inmortales. Grecia quedó campeona de la Eurocopa en Portugal de la mano de Otto Rehhagel, el entrenador famoso por tener un juego ultradefensivo y que en este caso supo aprovechar los contragolpes para dejar al rival en ruinas, nunca mejor dicho. Pasó lo mismo en la Champions League, el Porto de José Mourinho sorprendió a todos quedando campeón en Gelsenkirchen. Pero -como si faltara otra historia de David contra Goliat- quizá la epopeya más grande de ese año la logró el Once Caldas, de la mano del profe Luis Fernando Montoya, alzando la Copa Libertadores.

Yo tenía siete años, muy pocos para tener los recuerdos de ese día tan claros, diáfanos, pero ya con la edad suficiente para entender de dónde venía el sufrimiento de mi abuelo. Darío Jaramillo, el viejo del mío, fue un señor manizaleño criado en medio de nueve hermanos y entre todas esas majas y hoy lejanas costumbres del Eje Cafetero. En su vida, o eso recuerdo, se dedicó puntualmente a dos cosas: enseñar y dar ejemplo desde el trabajo que tenía como médico y a hacerle fuerza al Once Caldas. Durante los penaltis de aquella final de 2004 tengo grabada la imagen de verlo caminando pálido, mudo, por un pasillo de la casa. Yo no entendía muy bien cómo era posible que alguien sufriera tanto cada vez que un jugador vestido de blanco se acercaba a patearle un balón a once pasos de distancia del arquero del otro equipo, un tal Abbondanzieri. Tiempo después, y para ser sincero con mi abuelo, reconozco que probablemente hoy en día, en cuanto al fútbol, sufrimos igual aunque yo seguro he tenido menos alegrías.

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