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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

La pandemia de la desinformación

Hace unos días mataron en redes al lingüista norteamericano Noam Chomsky y en pocos minutos las pantallas se llenaron de adioses, elegías y mensajes de dolor y tristezas genuinos de parte de muchos lectores, estudiantes y admiradores de este pensador que nos ha enseñado, desde su posición progresista, a ser más críticos y a saber leer el “entre líneas” y “tras líneas” de los textos y de la sociedad. Más allá de la tendencia viral, algunos medios avalaban, con cierta contención, el rumor; y su avanzada edad y su reciente hospitalización de urgencia daban para considerar la noticia como cierta. El caso es que, a las pocas horas, cuando los mensajes de pésame llegaban desde distintos lugares del mundo, su esposa desmintió la información y las redes, como suele suceder, se llenaron de graciosos memes y chistes sobre la situación.

Casos como el de la muerte de Chomsky vuelven a poner en la mesa el tema del consumo de información en la actualidad y del poco rigor que tenemos para filtrar las noticias que recibimos cada segundo. No es responsabilidad solamente de los creadores de contenidos falsos, ni de los medios que poco revisan los boletines de prensa sino de los lectores que por el afán del día a día de este tiempo y los pocos hábitos de lectura creen todo lo que llega por las redes y dispositivos. Así como hoy fue Chomsky, de vez en cuando reviven y vuelven a matar a Umberto Eco y se comparten portadas y fragmentos de sus obras. Los cantantes Camilo Sesto y Raphael han sido algunas de las tantas víctimas de la velocidad con la que los internautas quieren divulgar la noticia de una muerte. Siempre hay algo de morbo y vanidad en ser el portavoz de la primicia de una mala noticia.

Las noticias falsas han existido siempre y muchas de ellas permanecieron durante siglos inscritas en libros de historia. La manipulación de la información tampoco es algo nuevo pero la irrupción de las nuevas tecnologías, dispositivos y redes sociales en nuestras vidas sí ha hecho más evidente la crisis que vive la verdad y la proliferación de montajes y simulacros.

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