
Son tiempos muy extraños los que vivimos hoy cuando las velocidades del día a día imponen sus agendas, calendarios y alarmas. La pandemia fue un paréntesis de quietud, pero lleno de miedo y de inmensas incertidumbres que nos llevó a vivir en nuevos ritmos y a crear nuevos espacios de encuentro con los otros. Nos saturamos bastante de las ventanas de las plataformas digitales de reunión. Jorge Carrión llamó con dos nombres a esas sensaciones frente al Zoom: síndrome del ascensor (estamos todos apretados en una pantalla) o síndrome del espejo (nos estamos viendo en pantalla en todo momento). Esos síndromes, por supuesto, generan un cansancio y nuevas maneras de la claustrofobia. Diría el paciente del poema El mal del siglo de José Asunción Silva: “Doctor, un desaliento de la vida / Que en lo íntimo de mí se arraiga y nace, / El mal del siglo… el mismo mal de Werther, / De Rolla, de Manfredo y de Leopardi. / Un cansancio de todo, un absoluto / Desprecio por lo humano… un incesante / Renegar de lo vil de la existencia, / Digno de mi maestro Schopenhauer; / Un malestar profundo que se aumenta / Con todas las torturas del análisis…”. Todo ese lamento lo responde el doctor del mismo poema: “Eso es cuestión de régimen: camine / De mañanita; duerma largo; báñese; / Beba bien; coma bien; cuídese mucho: / ¡Lo que usted tiene es hambre!”. Si, a pesar del hambre, “el mal del siglo” ya venía rondando y estaba arraigado en la sensibilidad de fines del siglo XIX para quedar en el ADN del carácter del siglo XX y que podemos ver en los héroes y heroínas de tantas novelas y relatos de la última centuria. Pablo Neruda en su poema Walking Around de ese libro monumental que es Residencia en la tierra dice “Sucede que me canso de ser hombre”. Son los tiempos que corren y que siguen llevando consigo las emociones humanas de siempre. Por eso, a pesar del tiempo de guerras y pandemias que vemos en directo, nunca nos acostumbramos a las despedidas y los desprendimientos.
Recuerdo conversar con la cantautora Marta Gómez durante los días más duros del confinamiento sobre el tiempo que se venía y que ella nombró como un “tiempo de primeras veces” porque sería un momento de nuestras vidas en que todos los instantes, momentos, y reencuentros serían como si ocurrieran por primera vez: ¿cuándo fue el primer café después del encierro? ¿cuándo volviste a ver a tus padres después de la pandemia? ¿cuál fue el primer lugar al que acudiste cuando permitieron salir? Y así, muchas preguntas sobre lo que vendría después de este quiebre en la vida de todos.
Por eso en un mundo caracterizado por la inmediatez y la superficialidad, donde las selfis y las conexiones virtuales han reemplazado muchas de nuestras interacciones significativas, la idea de las despedidas y los desprendimientos cobra una relevancia especial. Vivimos en una época donde la proximidad digital puede hacernos sentir más cerca, pero también con la lejanía necesaria que puede hacernos olvidar la profundidad de las conexiones humanas y la inevitable realidad de las pérdidas.
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