
La democracia colombiana es muy afortunada. Si se mira el panorama de la democracia en el continente, desde la segunda mitad del siglo XX hasta hoy, nuestro país se ha escapado de las peores expresiones del militarismo. Mientras que en el continente han prosperado el autoritarismo y las dictaduras militares, Colombia ha estado exenta de esas amenazas a la democracia.
En un país en el que las organizaciones criminales, guerrilleras y narcoguerrilleras han sido omnipresentes es casi un milagro que Colombia haya logrado evitar la tentación de una “solución militar”. No fueron pocas las dictaduras militares en el pasado que se justificaron precisamente como el único camino viable para derrotar a la insurgencia marxista. En Colombia nunca se apeló al expediente de una dictadura militar o de una ruptura institucional con el propósito de conducir esa lucha de una manera “más eficaz”.
Las Fuerzas Militares colombianas han demostrado un respeto ejemplar a la democracia en las más desafiantes de las circunstancias políticas. Acatar los procesos de negociaciones con los grupos armados, que han sido sus enemigos históricos, que han asesinado a sus compañeros e incluso a sus familiares, es testimonio contundente de su compromiso democrático. La aceptación de la autoridad del actual comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, quien hasta hace poco era miembro activo del “enemigo”, la guerrilla del M-19, es una demostración adicional de ese compromiso democrático.
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