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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Viaje a Ítaca

Cuando sonaba la campana de salida el último día de clases todo era algarabía. Era el ritual que anunciaba el comienzo de las vacaciones y con ellas toda una aventura por descubrir. Nos despedíamos de los amigos y profesores y empezaba la ilusión de levantarse tarde, el ocio, el reencuentro con tantos afectos que vivían en otros lugares y por supuesto, en muchos casos, el viaje. La despedida de nuestros compañeros contenía la promesa de contarnos el relato al regreso. Contar ese relato ya era una forma de la literatura, quizás nuestra primera manera de sabernos narradores de algo en lo que, sin duda, éramos protagonistas, héroes o antihéroes. Porque así nos quedáramos en casa ocurrían eventos que merecían ser contados. Al regresar, por lo general en la primera clase, el profesor nos preguntaba ¿qué hicieron en vacaciones? Y algo, con seguridad, nos había ocurrido de tal forma que podían ser pequeños rituales de paso de la vida: el primer amor, una travesía inolvidable, algún percance de camino, películas de estreno de temporada y reencuentros indelebles. Recuerdo que, al regreso, de la tierra caliente o del mar, mi abuela me medía para comprobar que el calor me había hecho crecer algún centímetro y así la pared de su habitación estaba llena de pequeñas marcas donde estaban las medidas de sus nietos, algo parecido a lo que Svetlana Alexievich narra en Voces de Chernóbil en el capítulo donde al sonar la alarma de evacuación un padre solo se lleva la puerta de la casa porque allí están las marcas de esas medidas de estatura de muchas generaciones. La puerta como metáfora de todo un linaje donde en pequeñas señales sobre la madera está toda la historia familiar. En la pared del cuarto de mi abuela con rayitas de grafito de un lápiz estaba todo el paso de sus nietos de la niñez a la adolescencia.

Eso era de alguna forma las vacaciones. Para mí, además, era (y sigue siendo) el momento para leer de manera ininterrumpida. Álvaro Mutis abandonó sus estudios de secundaria en el Colegio Mayor del Rosario porque, entre otras cosas, le quitaba tiempo para leer. Algo parecido me ocurría porque era en vacaciones cuando podía leer muchos de los libros que me regalaban mis padres, los amigos de ellos y muchos de los que compraba de manera compulsiva de las colecciones Grandes aventuras y Best Sellers de la editorial Oveja Negra y que cada semana sorprendía con un nuevo título que ofrecían en los supermercados. En la primera colección de lomo verde leí en letra pequeña algunos de los libros de Julio Verne, Emilio Salgari, Robert L. Stevenson y Mark Twain. Sin embargo, Las aventuras de Tom Sawyer, que fue el primer libro que leí completo del que tengo conciencia, lo leí en una colección ilustrada por Chiqui de la Fuente de editorial Planeta.

En la segunda colección, Best Sellers, de lomo rojo leí El viejo y el mar de Hemingway, La metamorfosis de Kafka, Moby Dick de Herman Melville y algunos de los cuentos de Alfred Hitchcock ya adolescente. Así las vacaciones se convertían no solo en una aventura inesperada llena de sorpresas sino en el lugar seguro para la lectura, esa lectura que no podía hacer en temporada de colegio por estar resolviendo infinitos ejercicios de la aritmética de Aurelio Baldor.

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