
“No te dejes engañar por la nostalgia”, le dice Alfredo a Totó cuando se despiden en la vieja estación de tren de Giancaldo, el pueblo imaginario que sirve de escenario de la película Cinema Paradiso de Giuseppe Tornatore y que nos dejó entre tantas cosas la maravillosa banda sonora de Ennio Morricone que siempre convoca a revolver de alguna forma las añoranzas y emociones más genuinas. Sin embargo acá estoy, a pesar de la advertencia de Alfredo, atrapando precisamente aquellas nostalgias que se ponen en su justo lugar cuando vuelvo a ver esta película cuyo ritual de verla, al menos una vez cada año, me reconcilia con el mundo hostil e intransigente que vivimos porque. más que una película. es un viaje a través de mi propia vida que ha estado acompañada por sus diálogos, por sus escenas y por sus personajes, y que me ha dejado instantes de asombro y de maravilla que he ido decantando con el paso de los años y de cada retorno a ella. Es un viaje que me transporta a un lugar donde me siento seguro desde el brillo de una luz que llena de poesía mis recuerdos.
Creo que fue en el teatro Teusaquillo donde la vi por primera vez a comienzos de 1989, pocos meses después de su estreno en Italia. Fui con mi padre y mi mejor amigo del colegio, el gran Esteban Langer. Salimos conmovidos, con una cantidad de sensaciones y de lágrimas en los ojos. A la salida nos encontramos con otros amigos y conocidos que también tenían los ojos aguados y como pocas veces ha ocurrido, había a la salida del teatro un consenso y una invitación al afecto porque todo parecía dispuesto para el abrazo, la conversación y la amistad a partir de lo que nos dejaba la película. Quizás por eso es por lo que regreso con insistente frecuencia a Cinema Paradiso, porque desde la sencillez y el detalle inventa una poética que justifica los afectos, las grandes lealtades y los vínculos indelebles de la vida tan necesarios en el siglo de las relaciones líquidas y virtuales. La última escena en la que Totó, ya convertido en el gran director Salvatore Di Vita, recupera toda su infancia en esa cinta llena de retazos de los besos censurados cuando apenas llegaba el cine a ese pueblo siciliano. Recuperar los besos perdidos era una forma de la esperanza y de saber que solo la poesía nos puede devolver aquellas imágenes que creíamos perdidas en el tiempo. Volver a mirar con detalle aquellos retazos que Alfredo guardaba con celo a su amigo, hijo, pupilo, es la confirmación de una confianza en el pasado y en sus pactos inquebrantables. Aquellos retazos de besos perdidos son el mejor legado de un tiempo añorado.
“El progreso nos llega tarde”, es otra de las frases que quedan retumbando en la memoria. Aquella forma en la que la modernidad va desplazando los lugares del encuentro y los reemplaza por la autopista, el centro comercial o la estación de gasolina. Por eso la demolición de Cinema Paradiso es una metáfora del derrumbe de un mundo y un tiempo y también de la infancia misma. Al caer el sitio de donde se proyectaban no solo películas sino los sueños mismos se contemplaban los escombros de una niñez y de unas ilusiones postergadas. De ahí que volver a ver el mundo a través de los ojos de Totó sea una forma de comprender que todavía será posible maravillarnos con la belleza, con esa belleza sencilla que puede hacer explotar el corazón de alegría e incendiarlo de todas las emociones posibles.
Totó retorna a Giancaldo a raíz de la muerte de Alfredo. Han pasado treinta años desde aquella Italia de la posguerra. Es como si la película se hubiera detenido en un muro descascarado y una plaza descolorida. Por esta razón, la última escena cobra mayor relevancia porque aquella ruina toma una nueva luz y otro color para celebrar la humanidad, la gratitud y el amor como epicentro del alma de todos.
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