
Hace doce años, la Feria Internacional del Libro tuvo como invitado de honor a Brasil, uno de los países que más hemos amado y admirado los colombianos por símbolos y sensibilidades que provienen de sus lenguas, músicas, literaturas, deportes, arquitecturas, diseños y artes, y en sus dimensiones más profundas, culturales y ambientales; en las luchas de movimientos como los Sin Tierra, en el 0.8 por ciento de su población indígena como los pueblos Maxakali, Fulni-ô, Baniwa, Korubo o Yanomami, en el movimiento abolicionista Frente Negro Brasileño.
En ese momento, Brasil nos dio una lección al bautizar su memorable presencia con el título de «Brasil, Brasiles», es decir, no la unicidad de un relato, sino el de la multiplicidad de las lenguas, las sensibilidades y los saberes que lo habitan. Ese mensaje me persigue hasta este año cuando, nuevamente, Brasil fue el invitado de honor a la feria colombiana y tuvimos la suerte de comprender que esa diversidad sigue siendo un incontestable valor democrático.
Colombia es hoy invitada de honor a su país. Muchas cosas han cambiado. Entre otras, que quizás aquella lección que ustedes sembraron hace doce años, ha cosechado entre nosotros, y hoy nuestra máxima instancia de gobernanza cultural ya no se llama Ministerio de Cultura, sino que se pluralizó y hoy somos el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes. Dice el profesor Jaime Arocha, en un hermoso texto sobre el Muntu y la Socola, dos expresiones de cultura de paz del litoral Pacífico colombiano, citando a su vez a François Jacob, que la proliferación de diversidades vivas ha consistido en crear seguros contra la incertidumbre.
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