
Decía hace ocho días en este mismo espacio que muchas veces el fútbol nos trae lecciones que le vienen prestadas de la vida misma. La más reciente es que las segundas partes, bien llevadas, pueden ser, incluso, mejores que las primeras. Esto mismo pensé cuando vi en cine La pena máxima 2 en medio de tanta incertidumbre por su estreno.
Quizá fue por comparar. Aunque guardadas sus proporciones, tal como pasó con el estreno de la serie de Cien años de soledad, el de La pena máxima 2 trajo consigo una alta dosis de escepticismo. Las obras originales de cada una son, a su modo, tan magistrales, que verlas expuestas en otro formato u otra versión generó temor entre su público. Por cierto, públicos muy distintos el uno del otro.
Vi ambas. En cuanto a la primera, le hice caso a los expertos en la materia y la vi con los ojos de una serie, no de una novela. Me enganchó desde el primer momento y –sin ser el más erudito en estos temas– me pareció entretenida y fiel a la historia escrita por García Márquez. Hice luego el ejercicio de leer algunos apartes de la novela y me sentía con la misma sensación que la segunda vez que la leí; la primera fue en el colegio y la lectura obligada no genera buenos recuerdos. De cierta forma, ver la serie no me nubló el juicio de lector.
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