
Arrancamos la semana con el presidente Gustavo Petro, señalado por el presidente de los Estados Unidos como un “líder del narcotráfico”, y el anuncio del fin de las ayudas para Colombia. El hecho parte la historia de nuestro pais en dos. Por primera vez (sin que conozcamos las pruebas) un presidente colombiano es señalado de ser un jefe narcotraficante, con unas consecuencias impredecibles. La dolida respuesta de Petro incluye su explicación del motivo detrás de esa escandalosa acusación del presidente de Estados Unidos: “Trump está engañado de sus logias y asesores”. Es decir que, según Petro, no son los hechos conocidos públicamente –el crecimiento de las hectáreas de coca en Colombia, el aumento del potencial de cocaína producida, la cercanía con Maduro, jefe del Cartel de los Soles; las críticas a las operaciones militares de USA contra los narcos en el Caribe, el incremento exponencial de las bandas criminales de terroristas ‘narcofinanciados’ en el país y sus constantes descalificaciones y desafíos al jefe de la Casa Blanca– lo que podría determinar la radical acusación de Trump, sino la acción en las sombras de logias enigmáticas y asesores misteriosos.
Ese tipo de argumentación no es un hecho aislado. Al mismo tiempo que explotaba el escándalo, Daniel Coronell, en su última columna, parece darse por vencido tratando de verificar quién está detrás de las amenazas al contralor, a Paloma Valencia y a Katy Juvinao, anunciadas por el propio Gobierno. Después de intentarlo todo, le responden fuentes cercanas al presidente que los responsables están en la “nueva junta del narcotráfico”, definida por esas mismas fuentes como “una federación de capos algo horizontal”. De nuevo aparecen en el relato entidades fantasmagóricas, sin rostro, como causa de los problemas que afronta el Gobierno. Para la Casa de Nariño no existe el Cartel de los Soles en Venezuela, pero sí existe la “Nueva Junta del Narcotráfico” en Dubai.
A veces se llaman la “junta del narcotráfico”, “el poder económico”, otras “los medios hegemónicos”, “la oligarquía”, “la derecha internacional” o “la inteligencia extranjera”. La naturaleza del enemigo en las sombras varía, pero su papel siempre es el mismo: servir de explicación completa a los obstáculos del presidente y del Gobierno. Si el Congreso se frena, es por una conspiración de la vieja política, los jueces o las mafias. Si la economía no despega o tiene tropiezos, hay un saboteo financiero de los ricos y los codiciosos. Si la opinión pública se calienta o se impacienta, se debe a la manipulación de los medios hegemónicos. El problema nunca está en la gestión, sino en ignotos que conspiran desde la oscuridad.
Ese recurso tiene una raíz, una genealogía, un sentido profundo. Umberto Eco, en El péndulo de Foucault, le dio forma a la gran metáfora literaria del conspiracionismo moderno: tres editores aburridos inventan una trama secreta y descubren que el mundo empieza a creerles. Eco muestra cómo una simple broma intelectual puede transformarse en dogma cuando satisface una necesidad de sentido, es decir cuando se convierte en la justificación de una causa. En política, esa necesidad se convierte en una fiera hambrienta: el líder no puede admitir el azar ni el error, así que habla de un orden oculto que justifica el caos.
El filósofo Michel Foucault lo había explicado de otra forma. El poder, decía, no se limita a presionar o reprimir: produce “regímenes de verdad”. Cuando un gobernante impone la idea de que hay fuerzas ocultas detrás de toda crítica, está modificando ese régimen de verdad. Ya no importa la evidencia, sino la influencia y la autoridad de quien habla de esas fuerzas ocultas. En eso Petro ha desarrollado una gran habilidad: la palabra del presidente muchas veces ha reemplazado al dato, su sospecha al argumento, el rumor al análisis y la anécdota al compromiso.
En ese terreno, la mentira (la incongruencia consciente del relato con la realidad) deja de ser una falsedad común y se convierte en instrumento de gobierno y de poder. El líder que fabrica un enemigo invisible no busca denunciarlo, exponerlo y ponerle encima los reflectores; lo que pretende es administrar la duda entre las personas. Crea un clima en el que, como no se entiende nada, todo parece posible.
El caso Petro no es único en el mundo ni en nuestra sociedad, pero sí revelador. La denuncia de conspiraciones cumple en el discurso del presidente una triple función: política, emocional y simbólica. Política, porque evade la responsabilidad; emocional, porque cohesiona a sus seguidores en torno a una narrativa de resistencia frente al enemigo de turno (otras naciones, etnias o razas, alcaldes y gobernadores, logias, asesores en la sombra, ricos, jueces, prensa hegemónica, políticos, mafias etc.); y simbólica, porque convierte la figura del presidente en un héroe perseguido. El eslogan implícito en todas estas historias es algo así como me persiguen porque digo la verdad. Pero en esa frase –como sucede en lo jurídico– se invierte la carga de la prueba, esta vez en el orden democrático: ya no es el poder el que debe rendir cuentas ante los ciudadanos por la veracidad de lo que afirma o la calidad de su gestión, sino los ciudadanos los que deben demostrar que no forman parte del enigmático y difuso complot que afecta al Gobierno y al presidente. Tal vez por eso –como si fuera normal–, si usted critica por ejemplo el manejo de Petro a las relaciones con Estados Unidos, es graduado automáticamente de fascista, de extrema derecha, cómplice de asesinos, etc.
El problema no es que el presidente se imagine enemigos; el problema es que –en el desarrollo de su estrategia de poder– la invención de esos contradictores sustituya a la política o la diplomacia responsable y serena. La travesía argumental de Petro contra Trump, su visión ideológica del narcotráfico y su relación con Maduro, parecen haberse salido de control, tal como les sucedió a los protagonistas del Péndulo de Foucault, que terminaron sucumbiendo entre la muerte y la locura, víctimas de la historia que ellos mismos inventaron.
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