
El presidente Petro confundió el reciente consejo de ministros con una sesión de terapia ideológica que revela la ausencia de poder. De paso, debe aclarar su amenaza a las concesiones carboneras y aprender la lección que dejó México al renegociar con Estados Unidos.
Por: Luis Alberto Arango
El consejo de ministros público del pasado martes 29 de septiembre, realizado pocos días después de la revocatoria de la visa de Gustavo Petro por parte de Estados Unidos, fue una exhibición de poder emocional más que un ejercicio de gobierno. Lo que debía ser una reunión para orientar políticas públicas terminó convertido, como ya es habitual, en un monólogo de larga duración, lleno de historias personales, referencias heroicas y arengas ideológicas. Un evento hecho para alimentar el ego presidencial y su leyenda, no para dirigir un país.
Durante horas, Petro atacó a Estados Unidos, anunció su intención de terminar el Tratado de Libre Comercio con Israel y de renegociar el de Estados Unidos, y volvió a su libreto habitual: invocar a Bolívar, condenar al “imperio” y prometer una independencia latinoamericana que solo existe en sus discursos. El resultado fue un espectáculo retórico —inflamado y grandilocuente— que reveló más un complejo de inferioridad frente al poder global que una visión estratégica del Estado.
Nadie discute el drama humanitario en Gaza, pero el presidente no puede poner sus convicciones personales por encima del deber constitucional de velar por el bienestar de los colombianos. Convertir la tragedia en argumento diplomático para romper relaciones o contratos internacionales es un acto de irresponsabilidad política. Petro plantea un falso dilema: o se está con su causa moral o se es cómplice del genocidio. Una peligrosa narrativa que están adoptando también sus ministros y otros altos funcionarios del Estado. Esa lógica binaria no solo es inmadura, sino profundamente simplista para un país cuya estabilidad depende del equilibrio, no de la confrontación.
“El anuncio de que quiere renegociar el TLC con Estados Unidos es, además, una temeridad”.
El anuncio de que quiere renegociar el TLC con Estados Unidos es, además, una temeridad. Creo que Colombia, bajo el liderazgo de este gobierno de izquierda petrista, no tiene hoy un solo equipo técnico capaz de sostener una negociación seria con uno de los aparatos comerciales más sofisticados del planeta. Ni objetivos claros, ni estrategia, ni liderazgo institucional y con un presidente que puede, en segundos, echar por la borda meses de avances de cualquier negociación. Es como jugar ajedrez internacional sin conocer las reglas, ni tener información, ni entrenamiento.
Basta recordar lo ocurrido con México y Estados Unidos en la renegociación del TLCAN —hoy T-MEC— entre 2017 y 2018, durante los gobiernos de Enrique Peña Nieto y Donald Trump, cuando, pese a la experiencia, la trayectoria comercial y la fortaleza industrial mexicana, ese país terminó —a juicio de numerosos analistas— aceptando condiciones más restrictivas en una negociación asimétrica. Si México, con todo su peso exportador y su aparato técnico, salió debilitado, ¿qué podría esperar Colombia con un gobierno que improvisa y confunde soberanía con aislamiento?
Aún más grave fue la amenaza directa a las empresas carboneras colombianas. Petro advirtió que debían “plegarse” a su orden de no exportar a Israel o “vender sus concesiones”. Acto seguido, lanzó una orden verbal: “...y ministro de Hacienda, las compramos”, dijo. Como si gobernar fuera disponer de la chequera nacional para satisfacer impulsos personales. Esa frase, que ha pasado desapercibida en los titulares de prensa, debería ser motivo de alarma. No solo por el mensaje de intimidación al sector privado, sino porque revela una peligrosa concepción patrimonial del poder: la del presidente como dueño de los recursos públicos, no como su administrador responsable. Petro debe aclarar esa amenaza, porque de lo contrario quedará la impresión de que considera legítimo usar el Estado para castigar al empresario que no se pliegue a su ideología.
El tono de la reunión fue autoritario, emocional y errático. Hubo otras órdenes y advertencias que cruzan la frontera de lo institucional: amenazó con remover embajadores que “no sigan la línea del presidente”, ordenó detener contratos con organismos internacionales que “mientan” sobre cultivos de coca, y anunció que funcionarios que no acaten sus instrucciones “no saldrán del país”. No son simples exabruptos verbales: son señales de un poder que se concibe por encima de las reglas.
“Aún más grave fue la amenaza directa a las empresas carboneras colombianas”.
Además, el presidente llenó su intervención de anécdotas personales —viajes, conversaciones, recuerdos— que no aportan nada a la gestión pública, pero que le sirven para presentarse como héroe incomprendido, como figura redentora que lucha sola contra el mundo. Ese narcisismo narrativo, que confunde experiencia con epopeya y tragedia al mismo tiempo, se ha vuelto el hilo conductor de su estilo de gobierno.
Sus constantes referencias a Simón Bolívar y a las guerras del siglo XIX ya resultan repetitivas y cansonas. Siguen siendo las mismas justificaciones ideológicas ancladas en siglos pasados, mientras el mundo avanza en el XXI. Los países modernos no se desarrollan a punta de discursos heroicos, sino con instituciones sólidas, estabilidad jurídica y alianzas inteligentes. Petro, en cambio, está decidido a pelear con todos y a dialogar con nadie.
Un empresario colombiano, con intereses legítimos en el comercio exterior, no puede sino sentir preocupación. Estados Unidos es nuestro principal socio comercial, destino de un tercio de nuestras exportaciones y fuente esencial de inversión. Romper esos lazos por razones ideológicas no es valentía sino imprudencia. Mientras el mundo compite por atraer capital y mercados, Colombia se encierra en la trinchera de su presidente.
“Hace tiempo dejó de gobernar para Colombia y trata de gobernar para sí mismo”.
El consejo de ministros del pasado martes fue, en realidad, la continuación de un ritual para alimentar la leyenda personal del presidente Petro. Si un psiquiatra analizara su comportamiento, hablaría de un narcisismo político que oscila entre la necesidad de ser admirado y el miedo a ser cuestionado, un patrón que, en el poder, se vuelve un riesgo para la nación.
Desde el inicio de su gobierno, Petro repite que es el jefe de Estado, el comandante supremo, el responsable de las relaciones internacionales del país, y suele sellar sus afirmaciones con un ‘les guste o no les guste’, como si necesitara recordarse a sí mismo —y recordarle a los demás— que tiene el poder. Pero el poder no se proclama ni se invoca: se ejerce con serenidad, autoridad y resultados. Se gana a pulso, con inteligencia y respeto, no con amenazas. Quien necesita reclamarlo una y otra vez revela que no sabe ejercerlo.
Petro está usando el Estado para acicalar su ego y convertir sus emociones en política pública. Hace tiempo dejó de gobernar para Colombia y trata de gobernar para sí mismo. Y esa, quizás, es la forma más peligrosa de soledad en el poder.
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