
La mata que amenaza con desplazar a las familias de Nueva Venecia, Magdalena
El pasado 2 de septiembre, habitantes de Nueva Venecia —poblado palafítico sobre la Ciénaga Grande de Santa Marta— bloquearon la Troncal del Caribe a la altura del kilómetro 55, en el tramo que conecta Barranquilla con Puebloviejo.
Las familias que protagonizaron la protesta son sobrevivientes de una atroz matanza ocurrida el 22 de noviembre de 2000. Ese día, miembros del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) llegaron en lanchas a través de los canales de la Ciénaga, reunieron a los pobladores de Nueva Venecia y ejecutaron al menos a 39 personas. Después de la masacre se produjo un desplazamiento masivo; con el paso de los años, esas familias regresaron a sus humildes viviendas sobre el agua, sin que el Estado haya reparado de manera suficiente los daños causados por aquella violencia.
Esta comunidad de pescadores acudió a las vías de hecho —el bloqueo de la Troncal— porque está ad portas de un nuevo desplazamiento, aunque esta vez no por la sevicia paramilitar, sino por la amenaza de una mata. Sí, leyeron bien: de una mata.
Se trata de una planta acuática llamada por los pescadores rabo de caballo (Hydrilla verticillata), una especie invasora originaria del sudeste asiático. Es una de las cien especies invasoras más agresivas del mundo. No se tiene certeza de cómo llegó ni de cuándo, pero fue a finales de 2024 cuando empezó a registrarse su rápida expansión en la Ciénaga Grande de Santa Marta. La Hydrilla verticillata ha convertido la vida de estas familias pescadoras en un imposible diario. Los canales están tapados y los motores de las canoas se enredan en sus tallos, dejando a los pescadores aislados, sin poder salir, abastecerse ni transportar a las personas enfermas. El agua se pudre bajo el sol y los peces escasean porque el oxígeno se agota. Las redes salen llenas de maleza, las lanchas varadas, los niños con fiebre y alergias. Donde antes había vida, hoy hay un tapete verde que asfixia todo. La planta cubre la luz, mata el fondo y transforma la ciénaga en un espejo moribundo y fétido.
El defensor de derechos humanos, Andrés Felipe Gil Lozano ha asumido la defensa jurídica de las comunidades palafíticas de Nueva Venecia, en la Ciénaga Grande de Santa Marta. En septiembre de 2025 presentó una acción de tutela como agente oficioso de los niños, niñas, adolescentes y jóvenes del corregimiento, en busca de que se garantice su acceso al agua potable, la salud, la alimentación, la movilidad y una vida digna. El Juzgado Sexto Administrativo de Santa Marta admitió la tutela y ordenó el cumplimiento inmediato de varias medidas: suministro de agua potable, instalación de tanques de almacenamiento y realización de brigadas médicas. En su fallo del 9 de septiembre de 2025, aclarado el 26 del mismo mes, el despacho judicial dispuso que la Alcaldía de Sitionuevo, junto con la Gobernación del Magdalena, el Ministerio de Vivienda, Ciudad y Territorio y la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, debían garantizar en cinco días el suministro diario de cincuenta litros de agua por habitante y entregar tanques de 20.000 litros, además de implementar planes de salud pública y movilidad para la comunidad. Sin embargo, las órdenes judiciales fueron ignoradas. La Alcaldía de Sitionuevo comunicó al juzgado que no acataría el fallo mientras no se resolviera la impugnación, alegando “imposibilidad material y presupuestal”, pese a que la Corte Constitucional ha establecido que la impugnación no suspende la ejecución de una tutela.
Esa desobediencia, calificada por Gil Lozano como una maniobra dilatoria, mantiene a la comunidad como víctima directa del desacato judicial y prolonga la violación de los derechos fundamentales que la sentencia buscaba restablecer.
El exdirector de Colombia Compra Eficiente, Stalin Ballesteros, también ha acompañado a las comunidades palafíticas en este proceso. Conoce la Ciénaga Grande no solo por su trayectoria pública, sino porque su madre vivió allí, entre los palafitos. “Esto es una situación bastante compleja porque es el desconocimiento y la negligencia del Estado. Los pueblos palafíticos tienen más de cien años y han vivido siempre en autonomía. Ahora, por esa misma desidia, están siendo asfixiados otra vez, esta vez no por las balas, sino por el abandono”, le dijo Ballesteros a esta columna.
Las comunidades, cansadas de no ser escuchadas, están siendo empujadas a repetir las protestas. La vez pasada hubo mesas de trabajo y promesas de acción, pero ninguna respuesta efectiva. Ni las acciones jurídicas ni las legítimas manifestaciones han servido, hasta ahora, para que las entidades correspondientes cumplan.
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