
Hace más de medio siglo, el informe del Club de Roma ‘Los límites del crecimiento’ advirtió que, si continuaban las tendencias exponenciales de consumo, contaminación y expansión industrial, la humanidad alcanzaría durante el siglo XXI los límites biofísicos del planeta. Esa predicción dejó de ser una posibilidad para convertirse en un diagnóstico. A pesar de la abrumadora evidencia científica, seguimos sin reaccionar como humanidad a la altura que requiere el mundo. ¿Por qué? Porque el cambio climático no es sólo un problema ambiental, es una crisis cultural.
El filósofo alemán Vittorio Hösle señala que la raíz de la crisis ecológica sucedió en un cambio profundo de valores. La modernidad desacralizó la naturaleza, enajenó y desnaturalizó al ser humano y convirtió al progreso tecnológico en un dogma incuestionable. El resultado fue una relación instrumental con la tierra, entendiéndola no como un sujeto, sino como un objeto. Para Hösle, sin una ética que revincule materia y espíritu, toda política ambiental será insuficiente.
La polémica COP30 en Brasil puso este debate en el centro. Por primera vez, la cultura ingresó formalmente a la Agenda de Acción Climática, reconociendo que la ciencia, por sí sola, no logra encontrar la solución. Paneles como ‘Narrativas y narración de historias para enfrentar la crisis climática’ –con voces de artistas, representantes indígenas y líderes culturales– insistieron en que el imaginario es un actor climático.
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