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Marta Ruiz
Puntos de vista

Lección de humildad

Japón es quizás uno de los países mejor preparados para afrontar tragedias naturales. A lo largo de su historia ha sufrido devastadores terremotos, tsunamis y, el último de ellos, en 2011, con perturbadoras consecuencias para la planta nuclear de Fukushima. En esa ocasión recibió ayuda de 130 países, pero solo 24 de ellos, incluído México, para contribuir directamente al rescate de sobrevivientes en las 120.000 edificaciones colapsadas y ayudar a medio millón de personas evacuadas. 

Es un caso, como muchos, que demuestra que en emergencias debe haber cierto criterio técnico de selectividad. Lo interesante es que Japón, a pesar de sus capacidades, no solo reconoció que necesitaba a las otras naciones, sino que hizo de ese momento una oportunidad para fortalecer una diplomacia de la gratitud y la reciprocidad. Entendió que nadie, por poderoso que sea, está aislado. Que la solidaridad internacional se pone a prueba en el dar, pero también en el recibir. Y que lo uno como lo otro son expresiones de fraternidad.

A Colombia le llegó un terremoto de magnitud 7.4, en un momento político crítico. El Gobierno entrante llevaba apenas unas horas de haberse posesionado, sin hacer empalme con el anterior y con un presuroso alinderamiento con los intereses de Israel y Estados Unidos. Por eso esta tragedia se ha convertido en una prueba ácida para sus relaciones exteriores. En los malos momentos se pela el cobre, y Abelardo de la Espriella puede manejar esta calamidad para fortalecer lazos y mostrarse hospitalario, o para aislarse y levantar muros.

Partamos de la base de que no es cierto, por lo menos no del todo, que Colombia haya rechazado la ayuda de rescatistas internacionales o la ayuda humanitaria. Se puede declinar a la oferta de grupos en terreno para el rescate, pero aceptar otro tipo de aportes técnicos, económicos y humanitarios, como al parecer, está ocurriendo. Por eso creo que es importante distinguir tres dimensiones del dilema de recibir o no el apoyo internacional: la técnica, la política y la ética.

El lunes 10 de agosto, apenas unas horas después del evento sísmico, la UNGRD dijo que no se necesitaban rescatistas porque Colombia era autosuficiente. Aún estaba al frente de la institución Javier Pava, funcionario del Gobierno Petro y, según reportes de prensa, esa era la recomendación inicial, pero abierta a una evaluación en cuestión de horas cuando se tuviera claro la magnitud del evento.

Se creía que los 23 equipos USAR (Urban Search and Rescue) serían suficientes para una labor que no es de espontáneos sino altamente calificada. Eso no es atípico en países que tienen una fortaleza enorme en materia de desastre, como Chile, que en 2010 se tomó 48 horas para aceptar este tipo de apoyo, lo que le valió muchas críticas. Y es que no es fácil coordinar a tanta gente que usa criterios diferentes. 

Algunos países lo han hecho solos, como India con el tsunami de 2004, que decidió atender la situación con sus propios recursos, que al parecer eran suficientes, pero también con el prurito de mostrarse como una potencia emergente. Este es un caso excepcional. Pocos pueden darse ese lujo, y por eso ahí entra el ruido de los criterios políticos.

Hay naciones que limitan la ayuda internacional por temor a perder el control político o territorial, o como una señal de su amistad o enemistad con otros gobiernos. De esa manera selectiva lo hizo por ejemplo Marruecos en 2023, pero no es el único caso: Maynmar e Indonesia pueden sumarse a esa corriente. Algo que ha sido cuestionado porque salvar vidas debería estar por encima de cualquier otra consideración. Y claro, hay maneras de usar lo técnico para enmascarar la desconfianza política.

¿Es eso lo que está ocurriendo en Colombia? Es posible.

Con las horas, el nuevo director de la UNGRD, David Tamayo, comenzó a abrir la puerta, pero de manera escrupulosa. Solo cuatro naciones fueron aceptadas para ayuda con rescatistas: Estados Unidos, Israel, Ecuador y El Salvador. Se rechazó, en cambio, la ayuda de México, y es ahí donde aparecen las suspicacias. La presidenta Claudia Sheinbaum dice que el Gobierno de De la Espriella exigió una doble certificación que no le han solicitado en ningún otro lugar del mundo. Documento que según reportes de revista CAMBIO, tampoco tendría El Salvador.

En el momento en que escribo esta columna, ya han pasado más de cien horas después del sismo, y aún hay más de 300 personas desaparecidas, que se presumen bajo los escombros. Por eso genera inquietud la negativa, dado que no solo se descartó la brigada mexicana, que era militar, sino también a los Topos Tlatelolco, una brigada civil. Otros topos, los Aztecas, sí han estado en terreno porque se encontraban en Venezuela y entraron por sus propios medios. 

La paradoja es que, mientras se miran con lupa los certificados internacionales, los espontáneos, desesperados por encontrar a sus seres queridos, se agolpan en las ruinas, sin recursos ni directrices, en los lugares donde no están los focos principales de atención. Un país que entienda la generosidad del dar y el recibir tendría que correr ciertos riesgos incluso por una sola vida. Y ahí está la dimensión ética del asunto.

Mientras Colombia entera se volcaba con solidaridad a salvar a las personas, el nuevo Gobierno tomaba decisiones que van prefigurando su política internacional. Reconoció al Sahara como de Marruecos y, en medio del desorden, los Altos del Golán como territorio de Israel. Y el Pentágono anunció que nuestro territorio será teatro de operaciones conjuntas, por cordial invitación del actual presidente.

Para un Estado que se concibe en guerra, alineado con otros Estados que promueven la guerra, es difícil admitir que es vulnerable, mostrar sus heridas y ser capaz de acoger lo que otros ofrecen. Porque, de algún modo, el recibir obliga a la gratitud y a la reciprocidad. No aceptar ayuda es, en parte, admitir que tampoco se le dará a ese otro, del que se desconfía y al que se trata con hostilidad, cuando la requiera.

Por eso es tan importante la lección de Japón, que cité al principio. Un país que puso algunas condiciones técnicas, pero convirtió la tragedia en una oportunidad de fortalecer sus lazos con el mundo. En esta misma línea estuvieron en su momento Ecuador, Turquía o, de manera más reciente, Venezuela.

Colombia tiene una tradición de concordia en materia internacional, y sería muy triste que ingresara al club de los mezquinos. En estos momentos hay que abrir el corazón, reconocer las grietas y crear, a partir de ellas, una política internacional generosa y de colaboración mutua con el mundo. No estamos solos ni es el momento de darle portazos a nadie. El terremoto nos ofrece, con dolor, una lección de humildad. 

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