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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Poesía después del temblor

Los terremotos, al igual que los huracanes, tienen esa forma brutal de recordarnos nuestra fugacidad y nuestra impotencia frente a lo sobrenatural. Quizás por eso cuando nos enamoramos decimos que “se nos movió el piso” porque perdemos el control humano frente a nuestra propia existencia. De esto da fe el poeta Óscar Hahn en uno de sus más célebres y recitados poemas Movimiento sísmico: “Tuve una vez un gran amor / que derribó mi casa / agrietó mis puentes / y me hizo perder el equilibrio / Después vinieron las réplicas: / amoríos de baja intensidad / que ni siquiera / me hicieron temblar / En cuanto al gran amor / ay mísero de mí / todavía respira / debajo de las ruinas”. Así el poeta hace una gran metáfora del amor a partir de un sismo, de esos que tanto azotan a su Chile natal. 

Pocos minutos después del terremoto del pasado lunes se empezaron a hacer virales en redes unos versos del poeta mexicano José Emilio Pacheco. Aquellas palabras, que hacen parte del poema Las ruinas de México escrito desde la urgencia y la coyuntura del terremoto del 19 de septiembre de 1985, nombraban con precisión la tragedia en Colombia: “Con qué facilidad en los poemas de antes hablábamos / del polvo, la ceniza, el desastre y la muerte / Ahora que está aquí ya no hay palabras / capaces de expresar qué significan / el polvo, la ceniza, el desastre y la muerte”. 

Apenas unos cuantos segundos y el movimiento de las paredes nos pone de frente a la muerte y estos dos ejemplos apenas para recordar que, en medio del dolor, el desconcierto y la desesperación aparece una vez más la poesía a poner palabras a las emociones humanas. El sismo quiebra en mil pedazos todo, pero, sobre todo, la confianza humana en sus propios pasos y camino. El piso se ha movido y corresponde ahora a las palabras reconstruir la memoria y el alma colectiva. Ahí es donde está la verdadera función de la poesía en catástrofes como la que acaba de ocurrir en Colombia y es la de dotar y proteger a las palabras para que sea sean capaces de contar lo que ocurrió. Los ingenieros y arquitectos redefinirán muy pronto las estructuras y sus resistencias, pero el canto y el cuento permitirán narrar más allá de lo que pueda relatar la crónica del día.

Hay en estos momentos miles de damnificados que en pocos segundos quedaron sin casa. Uno de ellos decía ‘Quedé sin casa, pero no sin hogar’ porque estaba rodeado de una avalancha de solidaridad y de palabras puntuales de aliento e instrucciones exactas de sobrevivencia. Las palabras tienen más capas de resistencia y por eso regresan en forma de relato o de poema cuando todo parece haber terminado. Ahora mismo en las conversaciones en los albergues y los campamentos de emergencia empieza a nacer el relato de todo lo ocurrido. Incluso en el silencio que exigen los rescatistas para escuchar con claridad el latido del corazón, la respiración o la agónica voz de un sobreviviente entre los escombros está presente la poesía de siempre capaz de hacer del silencio, de ese silencio que a veces pesa demasiado, un asombro humano. 

Por ejemplo, en Chile, tras el terremoto de 1960, Pablo Neruda no escribió un poema triunfal sobre la reconstrucción. Escribió sobre la tierra que "se sacudía como un perro mojado" y sobre un país que aprendió a vivir con el suelo como enemigo íntimo. En México, después de 1985 y de nuevo en 2017, los poemas que circularon en las redes no hablaban de ingeniería antisísmica: hablaban de manos que buscaban otras manos bajo el cemento, de silbatos, de un país entero convertido, por unas horas, en una sola oreja atenta a cualquier golpe bajo los escombros. Ahí la poesía fija la experiencia en la memoria para siempre antes de que el olvido empiece a borrar los detalles. 

Pablo Neruda también entendió que la poesía poco puede hacer contra la furia de la naturaleza, pero mucho contra el desarraigo que deja. Al enterarse, desde el otro lado del océano, del aquel terremoto de 1960 no escribió un poema sobre la geología sino sobre el vínculo invisible que une a un hombre con su tierra. El sismo no solo fractura edificios, sino que "divide el volumen del alma", escribe con una imagen extraordinaria, porque toda catástrofe termina por resquebrajar también la identidad de quienes pertenecen a ese paisaje. El poeta contempla hospitales derruidos, calles cubiertas de escombros, aves sin árboles y perros que aúllan entre las ruinas, pero comprende que el verdadero derrumbe ocurre cuando una comunidad siente que ha perdido el lugar donde reconocía su propio rostro. 

Y es justamente en los últimos versos donde Neruda revela una de las razones más profundas por las que la poesía sobrevive a las catástrofes. “Mi sangre circula en mi canto”, dice, hasta concluir con una afirmación que trasciende el terremoto chileno y alcanza cualquier tragedia humana: “solo el amor resucita”. Allí está, quizá, el sentido último de escribir después del temblor. La poesía no resucita a los muertos ni devuelve las casas perdidas. Lo que resucita es la comunidad. Hace que una voz individual vuelva a confundirse con la voz de todos. Convierte el dolor privado en una memoria compartida y recuerda que siempre estará la esperanza de pertenecer a una misma tierra e identidad humana. 

A veces el poema es lo que más se parece a un temblor entre sus brevedades, ritmos, rupturas y silencios. Allí se condesan todos nuestros miedos y preguntas como si la propia sintaxis se hubiera fracturado ante nuestros dolores y tristezas. Los poemas y relatos no permiten que la ciudad que se derrumbó deje de existir, sino que la reconstruye en los recuerdos y miradas de todos y permite seguir hablando después del suceso. 

El sismo dura unos pocos segundos y deja unas heridas abiertas por mucho tiempo.  La poesía puede demorarse un poco más en llegar, pero las palabras que trae para nombrar el desastre quedarán blindadas para siempre. Por eso esas heridas que serán nombradas cerrarán con mayor facilidad en las voces de todos.  La poesía será ese lugar donde volver a poner los pies porque solo nos quedará una oración, una canción, un grito o una imprecación, en fin, tan solo unas palabras en ese instante preciso en el que la tierra deja de sostenernos.

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