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TERREMOTOS CON PROFECÍA

TERREMOTOS CON PROFECÍA
Daniel Samper Pizano
Los Danieles

TERREMOTOS CON PROFECÍA

Aceptémoslo: en nuestro país son frecuentes los arranques de egoísmo y desprecio del prójimo, pero al mismo tiempo conmueve y admira el espíritu solidario con que los colombianos —sobre todo los colombianos pobres— enfrentan los reveses colectivos.

El terremoto del pasado lunes es un claro ejemplo: gente de variada índole y buena voluntad acudía a alzar, empujar, trasladar, sostener, proteger, apoyar, vestir y auxiliar a sobrevivientes, bebés, animales, cadáveres, muros caídos y carros volcados.

Los temblores de toda magnitud han sido viejos enemigos del país. No tanto como en Chile, Venezuela, México y otros países de la región, pero sí lo suficiente para que existan doctos libros y documentos abundantes sobre nuestra historia sísmica. Uno de los más peculiares capítulos se refiere a cierto poemita apocalíptico que flota sobre los bogotanos desde hace casi dos siglos y resulta inevitable que, en tiempos en que las montañas se rebelan, aparezcan columnistas que oyeron la rima siendo niños y la recuerdan al ver temblar las lámparas.

Yo no creo en conjuros, sortilegios ni magias y sospecho de las coincidencias, pero en esta ocasión la cosa es diferente, porque hemos empezado a vivir bajo el ensalmo irreal de una Patria Milagro que a veces huele a incienso y a veces a hechicería. Confieso que hace un par de noches llegué a imaginar que Pachacámac, el dios sudaca de los terremotos, se hallaba en espera de la posesión del presidente Abelardo de la Espriella, padre del fenómeno, para desencadenar sus fuerzas y probar la calidad del prodigio que ofrece a los ciudadanos. 

La cuarteta preambular que desde 1827 aterra a los cachacos dice:

El treinta y uno de agosto

de un año que no diré,

un horrible terremoto

destruirá a Santafé.

Hay más versiones: si la Biblia las tiene, ¿por qué no un chispazo bogotano? Casi todas ellas se limitan a modificar el tercer verso. Pasan de “un horrible terremoto” a “sucesivos terremotos” o a “incendios y terremotos”. Aparte, existe un sobrio menú para el verbo final: “destruirá”, pero también “hundirá” o “acabará” a Santafé. (Nota: solo aplicable a la ciudad, no al equipo de fútbol).

Resulta difícil saber cuál es la versión auténtica; puede ocurrir que el poeta no sea otro que el anónimo ingenio rolo y detrás de la copla pujen varios estros y dispersos tiempos. También puede ocurrir que, como se ha afirmado durante décadas, el autor sea el canónigo Francisco Margallo y Duquesne, nacido en Bogotá en 1765. La historia completa es que este popular presbítero, con fama de taumaturgo y profeta municipal, se oponía a ofrendar en la capilla del Sagrario una misa fúnebre por el alma del cónsul holandés. El finado falleció en duelo a bala y la Iglesia católica solía negar entierro sagrado a suicidas y duelistas. Pensando en las buenas relaciones internacionales, el obispo ordenó al canónigo con buen tino que acogiera los restos del diplomático de tan mal tino.

Dicen que Margallo se desquitó maldiciendo a su ciudad natal y conjurando contra ella una descarga telúrica. Pero también puede ser una leyenda o una mera jugada digna del apellido canónigo con una sílaba intercalada. Lo curioso es que poco después, en noviembre de 1827, un temblor de tierra destruyó en Bogotá decenas de viviendas y las cúpulas de la capilla del Sagrario, la catedral y tres templos más. Para mayor culillo, el 31 de agosto de 1917 otro terremoto arrasó con hospitales, casas y la ermita de Guadalupe. El último meneo de magnitud importante en el siglo pasado aconteció en 1967. Pero no encaja con el augurio, porque tuvo lugar en febrero y no en agosto. 

En cambio, hay quienes vinculan el sacudón del lunes, uno de los mayores de la historia nacional, con el malhadado octavo mes del año, con la coplilla tradicional y con el venerable cura Margallo.

Fuentes: J. M. Cordovez Moure (Reminiscencias de Santafé y Bogotá, 1893), Pedro Ma. Ibáñez (Crónicas de Bogotá, 1891), Mario Germán Romero (Boletín de Historia y Antigüedades, enero a marzo de 1951).

Salvemos las palabras

Un minuto de terremoto bastó para empobrecer la miseria léxica colombiana, que usa y abusa del verbo afectar y el sustantivo afección. Los hemos oído y leído mil veces en los relatos de catástrofes, pese a su vaguedad y persistencia. Como modesta colaboración con los colegas y para alivio del público ofrezco de cada uno trece sinónimos de precisión ajustable. Afectado: dañado, golpeado, destruido, destrozado, herido, lesionado, deteriorado, demolido, quebrado, inservible, alterado, perturbado, vulnerado. Afección: daño, avería, destrozo, quebrantamiento, rotura, pérdida, hecatombe, arrasamiento, destrucción, derrumbe, desplome, colapso, golpe.

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