UNIDAD SIN ZANCADILLAS

En medio de la tragedia y el dolor pueden florecer los más nobles sentimientos del ser humano. Los brotes de inmediata solidaridad que rodearon el terremoto que sacudió el suroriente del país muestran lo mejor de los colombianos.
Los desgarradores testimonios de los sobrevivientes, el heroísmo de los rescatistas, el drama existencial de los que todo lo perdieron quedaron plasmados en los rostros y voces de un país impactado, cuya conmoción quedó retratada en la forma exhaustiva, pero compasiva y sobria como los medios han transmitido esta calamidad nacional, sin asomos del sensacionalismo que suele acompañar el cubrimiento de eventos catastróficos.
No olvido lo que sentí durante el duro temblor que sacudió a Bogotá en 1967 y produjo un pánico callejero que no se vivía desde el 9 de abril. Una sensación de miedo y de impotencia total, que me dejó cavilando sobre la fugacidad de la existencia y el sentido mismo de la vida. Cuando uno piensa “aquí puedo morir”, todo lo demás vale lo que sabemos.
Reflexión quizás abstracta ante la realidad inmediata que enfrentan los miles de damnificados de esta tragedia. Una realidad directa, implacable y cruel que, como suele suceder, golpea con saña especial a los más necesitados. La naturaleza no discrimina entre ricos y pobres, pero estos parecen atraer más su furia.
Son calamidades que ponen a prueba el talante de un país; su sentido de identidad y fraternidad. Al margen de la confusa reacción inicial del gobierno, de cierto intento de aplicarle filtros ideológicos a la ayuda exterior y de despreciables esfuerzos de algunos sectores de oposición por sacarle provecho político a lo sucedido, lo cierto es que Colombia puede sentirse orgullosa de la forma como reaccionó su gente.
Para el presidente recién posesionado también ha sido un reto en cuanto a su capacidad de convocatoria y liderazgo. Reaccionó a tiempo, aunque a muchos molestó su actitud sonriente de “tirar besos” cual reina de belleza, en su primera aparición luego de la tragedia.
Tendrá que demostrar un temple parecido al de Obama frente al huracán Sandy en 2012 o al de Sebastián Piñera, cuando un terremoto-tsunami de magnitud 8,8 azotó a Chile en 2010 justo antes de su primera posesión presidencial. Son tantos los gobiernos que en el mundo se han consagrado o autodestruido por su manejo de grandes desastres nacionales…
Ahora, aquí en Colombia, viene el reto de la reconstrucción, que podría complicarse por lo que The Economist llamó “insensata negativa a cooperar con el proceso de empalme iniciado por el gobierno anterior”. Esperemos que no sea así porque lo mínimo que en este momento espera Colombia de sus líderes es unidad nacional, sensatez política y solidaridad sin zancadillas.
Corresponde al nuevo jefe del Estado convertir sus promisorios anuncios en hechos convincentes y el manejo de la crisis en una demostración de eficiencia ejecutiva. El primer aniversario del asesinato de Miguel Uribe Turbay recuerda la vigencia de un conflicto armado que él se ha propuesto liquidar como meta prioritaria de su gestión. Todo avance en ese campo lo fortalece en la opinión y ha habido algunos, aún modestos, pero sin duda populares.
En menos de cien días, el presidente De la Espriella habrá definido bien el rumbo y el talante del gobierno que nos regirá los próximos cuatro años. Todos estamos a la espera.
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¿Qué necesidad tiene Colombia de reconocer la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán? ¿Por qué y para qué convalidar la anexión de territorio de Siria, condenada por la inmensa mayoría de la comunidad internacional y que nos indispone con todo el mundo árabe?
Celebré aquí la reanudación de relaciones con Israel, un país que aprecié y conocí en épocas calientes, cuando vivía acosado por un vecindario hostil. Pero hoy el acosador es él.
Es la primera vez que Colombia se aleja de esta manera de la ONU y cabe preguntarse por qué, para qué y hasta dónde. Que lo haga Trump se explica por varias y obvias razones. Pero que el jefe de Estado de Colombia se precipite a hacer lo mismo —fue el primero luego de Trump— no habla maravillas de la independencia o dignidad de su política exterior.
Ya ingresó al “Escudo de las Américas” que con ahínco promueve Washington, ya estrechó relaciones con el alto mando militar del Pentágono, ya se habló incluso de posibles operaciones militares conjuntas. Fuera de esto y de recibir más ayuda económica y militar —que vendrá y es bienvenida—, ¿qué más se puede esperar?
Facilitar un eventual ingreso de tropa norteamericana al territorio nacional o acabar embarcado en algún delirio bélico regional de Trump son escenarios en los que es mejor ni pensar. Se sabe que De la Espriella no rehúye la confrontación ni el debate, pero ojo, Tigre, con cazar peleas innecesarias y ajenas.
P. S. 1: Muy raro que ni un representante del gobierno, ni uno solo, asistiera al Congreso de la ANDI, asamblea cumbre del empresariado que lo ha apoyado sin reservas.
¿Grave descuido protocolario o subliminal mensaje político? Lo que no convence es la disculpa de que la agenda del gobierno está totalmente copada por el terremoto. Como si no sobraran viceministros.
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