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EL PAÍS DE LOS PUÑOS ARRIBA

EL PAÍS DE LOS PUÑOS ARRIBA
Ana Bejarano Ricaurte
Los Danieles

EL PAÍS DE LOS PUÑOS ARRIBA

Desde el lunes a las 7:34 a. m. no han dejado de circular imágenes en redes sociales y medios de comunicación que registran la devastación padecida por Colombia, sobre todo por el Chocó, Caldas, Quindío, Risaralda y mi Valle del Cauca. Una en particular me conmovió: la de un niño pereirano de trece años entrevistado por la cadena argentina TN. El chico explica que ha estado ayudando a retirar escombros. Cuando el periodista le pregunta “¿por qué saliste a hacer todo eso?”, contesta: “porque yo no voy a dejar solo a mi país; ningún colombiano puede dejar solo a su país”. 

Como si profesara un evangelio, tenía razón Juan Pablo Sánchez de Espinel, porque el país se movilizó para enfrentar la tragedia. Desde todos los rincones surgieron muestras de solidaridad, donaciones y proyectos encaminados a rescatar el pedazo de país que sucumbió entre los escombros. Marcas, expertos, comunidades y colectivos de toda procedencia se preguntaron “¿cómo puedo ayudar?”. 

Es el país de “donde comen uno, comen dos y hasta tres”; el de los periodistas de Barequeo que salen a recorrer sus ciudades devastadas con el corazón en la mano para garantizar la información en medio de la tragedia; el de la gobernadora del Chocó, Nubia Carolina Córdoba, que no desfallece en su labor seria, eficaz y digna; el de la gente que lo detuvo todo para coordinar ayudas y organizar los primeros pasos de un rescate que será largo; el de los pequeños y medianos comerciantes que transformaron sus tiendas en centros de acopio; el de los médicos y rescatistas que no han tomado más que unas pocas horas de sueño al día para mantenerse en pie; el de la familia Santo Domingo, que donará cien mil millones de pesos para atender a las víctimas; el de los empresarios de la ANDI, que convirtieron su congreso en una colecta; el de los socorristas que se obstinan en salvar a un perrito atrapado entre los muros; el de los pediatras que sacaron en brazos a los recién nacidos del hospital que se derrumbaba; el de las organizaciones sociales que vuelcan sobre la catástrofe los dos pesos que tienen. Es el que decidió no ser indiferente, aquel donde el pueblo salva al pueblo. El país del silencio y de los puños arriba; el de la pausa colectiva para esperar a que alguien diga o señale “estoy vivo” y entonces se desaten la algarabía y los esfuerzos para sacarlo de las ruinas. 

Y esa fuerza de la sociedad civil colombiana será la que nos mantendrá a flote ante la desidia y la crueldad de quienes sobrevuelan como buitres la tragedia y la solidaridad que esta despertó. 

Ese país es el que necesita gobiernos que adelanten un empalme para asumir el poder, porque gobernar es un asunto técnico y difícil si se quiere hacer bien; el que reclama que la ayuda internacional se estudie con rapidez y seriedad, y no con base en los colores ideológicos de los gobernantes que la envían; el que no soporta cambios drásticos en la política exterior mientras el país se derrumba; el que demanda prensa capaz de reportar y no adormecida en las mieles del abelardismo, como aquel periódico que tituló el martes: “¿Por qué Colombia no necesitó rescatistas extranjeros tras el terremoto?”. Como si hoy no existieran aún cientos de desaparecidos atrapados bajo los techos que se les vinieron encima. El que no merece un presidente que haga su primera aparición pública, tras el terremoto más fuerte del siglo XXI en Colombia y a solo tres días de su posesión, mandando besos como una reina recién coronada. Un país que exige un presidente que en medio de esta tragedia no tenga tiempo ni disposición para montar una escena populista en la que se organiza a unas personas para que él se detenga a saludarlas. Segundos antes de esa parada, alguien grita: “manos arriba, manos arriba”. 

Ese “manos arriba” resultaría hasta risible por lo honesto de la advertencia, si no fuera porque semejante contenido postizo es el que se emplea para fabricar en redes sociales la percepción de un gobernante amado por el pueblo. Ese otro país, el de “manos arriba”, es muy distinto del de los puños arriba, alzados en silencio. Y, por el bien de la gente que debe levantarse de esta calamidad, ojalá prevalezca el segundo.

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