
Este año se cumplen dos siglos del nacimiento de Rafael Núñez, periodista, presidente de Colombia y autor de la letra del Himno Nacional. La fecha invita a pensar qué significa hoy cantar un himno en un país tan diverso como el nuestro. ¿Podemos seguir creyendo que una sola melodía, nacida en el siglo XIX, representa a la Colombia del siglo XXI?
Los himnos nacionales surgieron en Europa con los Estados-nación como intentos de condensar en una sola voz la pluralidad de los pueblos. El primero, el Wilhelmus de los Países Bajos (1568), acompañó su independencia de España. Luego vinieron Francia, Inglaterra y otras naciones. En América Latina, los himnos fueron símbolos de soberanía, pero también de homogeneización. En Colombia, el himno fue fruto de varios intentos fallidos por encontrar un canto nacional. Núñez escribió la letra y el italiano Oreste Síndici compuso la música. El resultado ha sido ampliamente alabado -“el segundo himno más hermoso del mundo” -dicen algunos entusiastas-, aunque no exento de críticas. Baldomero Sanín Cano comentó con ironía que “habría quedado mejor si la letra la hubiera escrito Síndici y la música la hubiera compuesto Núñez”. Pero más allá de su estética, la pregunta sigue siendo: ¿qué idea de nación encarna ese canto?
Durante la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, Gabriel García Márquez osó proponer cambiar el himno nacional. Su sugerencia fue recibida casi como una herejía: 'La Constitución se puede reformar, pero el himno no se toca', replicaron. Esa reacción evidencia cómo los símbolos nacionales se vuelven intocables, incluso cuando ya no reflejan la complejidad de la sociedad que dicen representar.
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