
Nada cuesta tanto como admitir que un líder ya le dio a la empresa todo lo que podía darle. Lo verdaderamente generoso no es aferrarse al cargo, sino soltarlo a tiempo.
Cuando empecé a trabajar, alguien me dijo una “regla” que nunca he logrado rastrear en un libro serio: un gerente general no debería durar más de siete años en el cargo. Después, según esa persona, viene el riesgo de anquilosarse y acomodarse: la misma agenda, los mismos reflejos, la misma forma de leer el mercado.
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