
El filósofo alemán Walter Benjamin analizó a comienzos del siglo XX cómo las tecnologías modernas de reproducción —en su época la fotografía y el cine, hoy todas las artes— transformaban radicalmente la experiencia artística. Señalaba que la reproducción técnica provoca la pérdida del “aura” de la obra de arte, es decir, el carácter único e irrepetible de la obra, su “aquí y ahora”, su inscripción en una tradición, en un ritual y en una experiencia de contemplación marcada por la distancia. La reproductibilidad técnica, advertía Benjamin, desliga la obra de su contexto original, la multiplica hasta el infinito, la acerca al espectador y la vuelve intercambiable y consumible. “Las masas tienden a acercar el mundo a sí mismas”, quieren tenerlo cerca, hacerlo accesible, manipulable, reproducible.
Esta desaparición de la distancia contemplativa modifica también la función social del arte: deja de estar sujeta a un culto reverencial —religioso o elitista— para orientarse a la exhibición, la circulación y el consumo. Sin embargo, Benjamin no consideraba esta pérdida como una tragedia. La pérdida del aura abre, al mismo tiempo, un nuevo campo de posibilidades históricas, políticas y perceptivas: democratización del acceso al arte, capacidad de incidir en la experiencia colectiva y en la conciencia social.
Más de un siglo después, asistimos a una radicalización de ese proceso, con la irrupción de la Inteligencia Artificial generativa, pasando de la “contemplación” del arte hacia el acto mismo de la creación artística. Las protestas recientes de actores de doblaje, músicos e intérpretes, bajo consignas como “la IA ayuda, no reemplaza”, revelan una inquietud enorme frente a la precarización del trabajo creativo y los derechos de autor. Plataformas que ofrecen bancos de voces producidas con IA, el uso no autorizado de obras para entrenar modelos generativos o la aparición de “artistas” creados con IA y promovidos en listas de éxitos musicales, tensionan profundamente los límites entre creación, tecnología y mercado.
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