
El descaro de los delincuentes, la impunidad y la desidia de las autoridades son las características que permiten que negocios delincuenciales como el de pinchar las llantas para luego repararlas, sea una inagotable fuente de ingreso delincuencial en Bogotá.
Por: Luis Alberto Arango
Los delincuentes deben estar celebrando la pobre respuesta de las autoridades de Bogotá contra ellos. Hace pocos días circuló en redes sociales un video que expone, sin lugar a dudas, una práctica delincuencial que ha afectado a cientos de ciudadanos: forzar pinchazos vehiculares para luego extorsionar a los conductores con reparaciones costosas.
En el video se observa con claridad a un motociclista, en una Pulsar NS 200 con placa FRW 07G, utilizando un dispositivo en su zapato izquierdo para soltar en la vía un objeto afilado, diseñado para perforar neumáticos. El vehículo avanza y su llanta pasa directamente sobre el objeto. Ahí termina la grabación, pero el resto de la escena ya es bien conocida por las víctimas. A pocos metros, el conductor, ahora con la llanta pinchada, se encuentra con un montallantas “casualmente” listo para ayudar, donde no solo le cobran cifras desproporcionadas, sino que, en muchos casos, le dañan aún más la llanta para justificar un cobro mayor.
Este fenómeno no es nuevo ni aislado. Sin embargo, hay un punto en Bogotá que se ha convertido en el lugar representativo de esta estafa: la zona ubicada después de cruzar el puente de la intersección de la Calle 80 con la Avenida 68, en sentido occidente-oriente, sobre el costado sur (Calle 80 con Carrera 64).
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