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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

La contadora de películas

Ya he visto varias veces La contadora de películas, la conmovedora cinta dirigida por Lone Scherfig basada en la novela del chileno Hernán Rivera Letelier. Desde que leí el post de mi amiga Beatriz Vanegas Athías, escritora a quien le tengo mucha fe no solo en sus apreciaciones cinematográficas sino en la hermandad en la mirada poética del mundo que nos lleva siempre al mismo patio de Héctor Rojas Herazo, supe que la película se iba a instalar irremediablemente en la memoria del corazón. Puso Beatriz en su Facebook: “Solo cinco espectadores hoy en la sala 9 del cinema en centro comercial El Cacique vimos La contadora de películas de la directora Lone Scherfig. Heredera de Cinema Paradiso, pero con la belleza del dolor del golpe militar de Pinochet. Personajes bellos en su impecable vocación de perdedores que se aferran a las historias para atenuar y dejar ir las penas. Vayan a verla. Qué desperdicio negarse a ver está película chilena”. Cinema Paradiso (mi película favorita de todos los tiempos), el dolor de la dictadura chilena y los personajes perdedores que relatan historias, eran suficientes argumentos para intuir que estaba próximo a redescubrir el asombro.

La película transcurre en la segunda mitad de la década de los años sesenta en un pueblo salitrero al norte del Chile, quizás la región más seca del mundo, y es narrada por María Margarita, quien tiene una vocación natural para contar historias desde que observaba a su madre llorar con las radionovelas y las baladas de la época. Para su familia, los domingos de cine son el mejor refugio frente a la pobreza y el vacío de la vida diaria y aquellas películas eran el lugar seguro para ejercer la imaginación y la fantasía. El cine era el pretexto para la unión familiar y la celebración del afecto.

Luego del accidente laboral que sufre su padre, las restricciones económicas no se hicieron esperar y el plan de ir a cine en familia los domingos se debe suprimir. Solo un miembro de ella puede ir al único teatro del desierto con la misión de narrar al resto de la casa cada película semanal. Así, María Margarita descubre su talento para reinventar y encarnar cada filme y, sobre todo, para hacer del relato oral y la palabra todo un homenaje a la memoria y la poesía. Ahí, en medio de la precariedad del desierto, María Margarita, a través de su voz, hace del relato una verdadera comunión no solo de la familia sino de todos los habitantes del pueblo salitrero. Su voz reconstruye y recompone el recuerdo de cada cinta que se convierte en una hermosa narración que acompaña y transforma las vidas de todos. Al contar cada película no deja que esta desaparezca del todo cuando las productoras se lleven para siempre las películas de aquel lejano desierto. Con su forma de narrar, María Margarita moldea y desobedece muchas veces el guion original y lo modifica y acomoda a las emociones de cada oyente que quieren de llenar de ficciones sus propias vidas donde la derrota es el asunto común cotidiano.

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