
“No parecés colombiano. No sos vueltero, decís las cosas de frente”...
Fue lo que me dijo una broker argentina en una reunión reciente en Buenos Aires. Sonreí asintiendo. Porque tenía razón. Y eso me hizo recordar la manera en que hablamos, en lo que decimos —y en todo lo que evitamos decir.
El haber vivido 20 años fuera del país me abrió los ojos a muchas cosas que en Colombia se dan por normales: un lenguaje que da vueltas, temeroso, que agradece incluso lo que el otro no se ha ganado. Plagado de expresiones como “¿me regala?” cuando lo que realmente se quiere es comprar, o “¿me ayuda con...?” cuando en realidad se está pidiendo que alguien haga algo, dicen mucho. Por alguna razón “qué pena” hace parte del léxico diario, sin que exista pena alguna, además.
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