
Aracataca es un espejo roto del país. En sus calles polvorientas, bajo el azaroso calor y el zumbido de los ventiladores, palpita una de las paradojas más tristes de nuestra nación: la tierra que parió a uno de los escritores más grandes del siglo XX es, al mismo tiempo, el lugar del olvido y la desidia. Gabriel García Márquez convirtió ese olvido en literatura, y desde entonces, Macondo dejó de ser un lugar y se convirtió en un mito. Pero los mitos, como los sueños, también necesitan presupuesto.
Hoy, a las puertas del Festival Macondo, que se celebrará el 2 y 3 de agosto en Aracataca, nos preguntamos: ¿Y si en vez de seguir condenando a este municipio a cien años de soledad, lo convertimos en un lugar de encuentro, de arte, de memoria y de esperanza?
Porque en medio del olvido estatal, Aracataca tiene un enorme potencial. Sus habitantes son imaginativos y orgullosos. Lo pude sentir de golpe el día en que terminé sirviendo de jurado de un concurso infantil de cuento y poesía en su plaza principal y oí a viva voz a niños y niñas contarle y cantarle al pueblo sus creaciones, muchas de ellas un homenaje directo al más ilustre de sus hijos.
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