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Luis Alberto Arango
Puntos de vista

Un consejo sin dirección

Si Gustavo Petro fuera gerente general, su junta lo habría despedido. Pero como es presidente, lo seguimos viendo públicamente convertir consejos de ministros en monólogos erráticos. Un caso de estudio sobre cómo fracasa una reunión estratégica cuando el líder confunde liderazgo con protagonismo.

Por: Luis Alberto Arango

Si el gerente general de una empresa condujera reuniones como Gustavo Petro dirige sus consejos de ministros, esa organización no duraría en pie más de un par de años. El pasado martes 15 de julio, los colombianos fuimos testigos de una alocución presidencial seguida de un consejo de ministros transmitido en vivo que no fue ni consejo ni reunión: fue un monólogo errático, ideologizado, fragmentado y, sobre todo, estéril.

Durante casi dos horas, el presidente habló sin pausa, sin foco y sin orden. Saltó del Banco de la República a las motos eléctricas, de Marx a la Gran Colombia, del gasto público a conspiraciones invisibles, como si todas las instituciones funcionaran como parte de un complot contra su visión de país. Reclamó, una y otra vez, que nadie en el gabinete se ha leído su programa de gobierno. No solicitó informes técnicos ni resultados concretos. En su lugar, lanzó exigencias ambiguas como “aquí todo lo que se está diciendo se puede hacer, pero se tiene que hacer. No es una carta de buenas intenciones” o “yo espero que esta vez no sea simplemente una exposición de ideas generales, sino que se convierta en una acción”; frases que expresan frustración, pero no orientan acciones claras ni evaluables. No propuso una hoja de ruta; no coordinó decisiones.

En medio de esa deriva verbal, el presidente lanzó expresiones que rozan lo ofensivo y lo racista dirigidas a Carlos Alfonso Rosero, su ministro de Igualdad y Equidad. “Y a mí nadie que sea negro me va a decir que hay que excluir un actor porno que creó el sindicato de trabajadores sexuales del Bois de Boulogne en París”, exclamó sin contexto alguno. La frase, inesperada, desconcertante en fondo y forma, instrumentaliza la identidad racial para zanjar un desacuerdo político, en este caso, la acusación a un ministro por no aceptar un recomendado presidencial.

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