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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Volver a mirar el mundo

La velocidad y el vértigo de la sociedad de hoy nos lleva, una vez más, a preguntarnos desde la lentitud y el silencio sobre nuestros grandes asuntos de siempre. Quizás desde allí las respuestas más hondas vengan de un lugar desconocido, de ese mismo lugar donde nacen los poemas o la ciencia misma, porque tanto poesía como ciencia vienen del asombro, de un primer desconcierto y de la perplejidad frente a lo desconocido y del permanente impulso de interrogar para comprender el mundo. Dos discursos de aceptación del premio nobel nos invitan a esa interrogación: el de Saint-John Perse, quien dijo con lucidez que cuando las mitologías se desvanecen y los sistemas de creencias colapsan, lo sagrado encuentra en la poesía su refugio y lugar de resistencia. Y Wislawa Szymborska, quien afirmó que toda gran poesía debería partir de dos palabras esenciales: “no sé”. Y acaso esa misma ignorancia fecunda —ese punto de partida humilde— es también la semilla de la investigación científica.

La poesía —al igual que la ciencia— registra las huellas de las grandes fragilidades, dolores, tristezas y pestes para dar cuenta de nuestro paso por el mundo y poder contar y cantar la experiencia humana. Así, como dijera el poeta Salvatore Quasimodo, “el hombre está solo sobre la faz de la Tierra, atravesado por un rayo de sol y enseguida anochece”, esa imagen resuena también en la mirada astronómica de Carl Sagan cuando ve a la Tierra como un “pálido punto azul”. Poetas como Gottfried Benn —médico de profesión— escribieron desde la morgue con la precisión de un bisturí. Vicente Huidobro intercambió correspondencia con Einstein y Nicanor Parra fue físico y antipoeta, así como tantos otros, muchos de los grandes poetas han bebido de las fuentes de la ciencia para expandir su visión del mundo.

En tiempos en que la ciencia parecía haber desplazado al mito, vino, por ejemplo, una pandemia a recordarnos que también necesitamos del misterio y relato ante el vértigo de la incertidumbre, la poesía se alza como una lámpara de arcilla —como la llamó Saint-John Perse— que nos recuerda de qué está hecha nuestra fragilidad. Porque si la ciencia busca responder cómo funciona el universo, la poesía nos pregunta por qué nos conmueve y nos invita a aferrarnos al símbolo, al talismán, la cábala y la intuición para intentar responder algunas de esas grandes preguntas y a esos registros simbólicos que hacen coincidir nuestro más genuino mundo interior con el acontecer exterior y social. Esas correspondencias regresan siempre a la poesía y la ciencia como sincronías entre el misterio y la realidad, entre el asombro y la certidumbre. Si la ciencia nos ayuda a prolongar, por ejemplo, la vida, la poesía contribuye a darle sentido a esa vida misma y a los relatos que la justifican, así tal cual si la ciencia nos puede llevar a lugares remotos del universo o al corazón de la tierra la poesía nos seguirá llevando a Ítaca y a remotas ciudades imaginarias o que ya no existen.

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