
Al fondo, las imágenes líquidas del círculo de arena de la plaza de toros de Bogotá, la estatua de Cristo Rey en Cali y la cúpula de la Torre del Reloj de Cartagena. Todo es azul, de un azul neón que parece simular una sala hospitalaria, una discoteca de una zona rosa, un paisaje gélido por el aire acondicionado. La sala de urgencias de un país que necesita ayuda, que necesita recuperarse porque está en cuidados intensivos.
La sociedad está desesperada. Prefiere perderse en las noches azules de los clubes donde hay pactos secretos que convienen porque hay que derrotar esta imagen desangelada, tan poco azul, tan poco nórdica, tan poco adecuada de lo que somos: esta imagen caótica de seres que no saben gerenciar, de personas que han puesto en riesgo a este territorio que se ha gobernado con visión de futuro estos dos siglos.
El escenario es el Centro de Convenciones Julio César Turbay Ayala, construido sobre Chambacú, en Cartagena de Indias. Ese lugar fue un muladar miserable donde alguna vez los esclavizados construyeron casas de madera y teja de zinc sobre los pantanos insalubres. Para buena fortuna del país, y de la sociedad entera, ese corral de negros fue trasladado, en 1971, a bellas viviendas prefabricadas, de origen holandés, en territorios un poco alejados del centro, que pocos hemos visto. Y entonces comenzó el modelo de una ciudad que por fin nos representa. Esa bella ciudad amurallada, herencia y joya cultural del Caribe, en la cual sopla la brisa del mar: “Otra noche en Cartagena, pero contigo / Los luceros y la luna irán conmigo / Un cochero chambacunero, nos llevará / Entre balcones, / calles, rincones / de su vida colonial / Entre balcones, / calles, rincones / de su vida colonial”, cantaba Jesús David Quintana, vestido de esmoquin.
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