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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

El arte de la amistad

A propósito de la reciente columna de la escritora Rosa Montero en la que afirma que lo mejor que ha sabido hacer y su mayor éxito en la vida es ser amiga, recordé a mis primeros y más antiguos amigos de la vida, Rodolfo y Esteban, quienes llenaron la infancia de historias compartidas, complicidades y juegos en los que prolongábamos los cuentos y películas que nos asombraban. En esas tardes, entre risas y pequeñas aventuras, comprendí que la amistad era una forma de agrandar el mundo, de volverlo más habitable. Por eso, cuando leí Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain por primera vez, encontré palabras para esa sensación maravillosa de la amistad y sus diferentes intensidades y temperaturas.

Desde entonces, he intentado ser buen amigo de mis amigos, celebrar su cercanía y presencia en la vida. Tengo además el privilegio de admirar a quienes considero mis amigos más cercanos porque, además del afecto, aprendo de sus maneras de estar, de sus oficios, de sus sencillas formas de mirar el mundo. La amistad, como la poesía, no se explica. Tan solo ocurre, de manera inesperada y nos maravilla.

Decía el inmenso Jorge Luis Borges que “la amistad no necesita frecuencia. El amor sí. Pero la amistad, y sobre todo la amistad de hermanos, no. Puede prescindir de la frecuencia o de la frecuentación. En cambio, el amor no. El amor está lleno de ansiedades, de dudas. Un día de ausencia puede ser terrible”. Esa es quizás la diferencia más clara, y por eso cuando recuerdo a Héctor Rojas Herazo diciendo que uno no era otra cosa que una invención de los amigos, o a Raúl Gómez Jattin recordando que los amigos son una legión de ángeles clandestinos, confirmo la dicha de ser inventado por cada uno de ellos. Esa certeza de saber que ellos tienen una versión mía que yo desconozco, o que observo por fragmentos, es un relato que a veces me gusta más que el que tengo de mí mismo porque ellos me cuentan desde la lengua del afecto, que es de las pocas que no mueren nunca. 

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