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Juan David Correa
Puntos de vista

¿Frente Amplio o Frente Nacional?

La campaña a la Presidencia de la República de Colombia para elegir a un candidato o candidata de la derecha el próximo año es la realización del estado de nuestra política nacional desde hace décadas: brillan los personalismos, escasean las ideas; no se habla de proyectos de sociedad sino de heridas ocurridas en la vida de sus protagonistas. Todos luchan por conseguir un lugar de preeminencia en las redes: dime cuántos seguidores tienes y te diré quién crees ser. Todos contratan encuestas en las que aparecen nombres de prueba: especula quién es el gallo tapado para distraer al contendor. La mayoría se une a la estrategia de ganar algo de notoriedad: pelea, porque sin antagonistas no hay juego de rol que valga. Y muchos parecen convenir con las mentiras de turno: haz clínica del rumor, que algo queda. 

La gran diferencia de estas elecciones, por supuesto, es que la izquierda democrática habrá gobernado por primera vez este país durante cuatro años con las luces, las sombras, los dolores de crecimiento y los errores garrafales que se han cometido.

Mientras la izquierda intenta la unidad a través de la conformación del Pacto Histórico, en el que confluyen la Unión Patriótica, el Partido Comunista y la UP –el partido Colombia Humana podrá unirse cuando cumpla con las impugnaciones a la asamblea que aprobó la fusión, según lo aprobado ayer por el Consejo Nacional Electoral–, en la derecha, o en ese grupo de personajes entre quienes se cuentan los dueños de partidos como César Gaviria (Liberal), Germán Vargas Lleras (Cambio Radical), Efraín Cepeda (Conservador), Dilian Francisca Toro (La U), Juan Manuel Galán (Nuevo Liberalismo), Álvaro Uribe (Centro Democrático) y algunos otras y otros invitados de ocasión, se intenta concebir o resucitar el espectro de un Frente Nacional, que fue la manera en que los dos partidos, el Liberal y el Conservador, zanjaron la extrema violencia que habían atizado desde el inicio de la república entre ellos, mediante un pacto entre sus dos jefes, Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez. 

Ante el golpe militar de Rojas Pinilla en 1953, apoyado por los gremios, la Iglesia y los sectores políticos adversos al presidente Urdaneta, que en ese momento intentaba una reforma constitucional planteando una Asamblea Nacional Constituyente, los sectores en pugna parecieron comprender que o se ponían de acuerdo o iban a perder el poder que habían cooptado durante décadas. Por ello, en 1956, como si se tratara de la reconciliación imposible de dos espectros irreconciliables, Lleras y Gómez, en Benidorm, primero, y después en Sitges, en España, plantearon la salida. El estado del Gobierno de Rojas, que ya iba para cinco años, era francamente calamitoso: la represión y el autoritarismo campeaban, pero la solución resultó en un cierre democrático muy costoso para la sociedad. Desde entonces, las posibilidades de construir una verdadera democracia en la que participaran la juventud, los estudiantes, los sectores populares, los herederos de las ideas liberales socialistas o comunistas se cerró para siempre. Ya en los sesenta, algunos de esos sectores campesinos, sindicales, estudiantiles, intelectuales, etc. tomaron la decisión de crear las primeras guerrillas como formas de expresar la imposibilidad de acceder a la tierra, a la justicia social, y de participar de nuestra democracia. 

Una especie de continuidad del Frente Nacional gobernó el país a partir de 1974, casi por cincuenta años. La lógica de repartir el poder institucional entre los partidos Liberal y Conservador se convirtió en un ethos de nuestras prácticas políticas. Poco a poco, se instauró una gobernanza compartida que comenzaría a exacerbar la posibilidad de acrecentar las rentas propias de quienes accedían al sistema. No conoce uno a expresidentes, senadores, o personajes públicos que no hayan mejorado ostensiblemente sus condiciones objetivas de vida. Mientras tanto, la guerra se agudizó, el narcotráfico se hizo parte de esa entraña, la captura de rentas se volvió un objetivo y, con la llegada del neoliberalismo, en el Gobierno de César Gaviria, las empresas públicas se convirtieron en el botín. Samper quiso hacer una especie de regreso al pasado de las ideas liberales, pero ante tamaña audacia, la campaña fue denunciada por el ingreso de dineros del cartel de Cali. La denuncia la hizo su contendor, el hijo del último presidente del Frente Nacional-oficial, Misael Pastrana, quien ganó de manera espuria las elecciones de 1970, dando origen al mito fundacional del M-19, que aparecería en la escena pública cuatro años después.

Álvaro Uribe supuso la reunión de esa idea central del Frente Nacional: la gente de bien contra la chusma alevosa, los don nadie que no entienden nada; la de los dueños contra los empleados, la de los hacendados contra los campesinos, la de los de mostrar contra quienes no hacen parte del mundo. Esa cultura, de nuevo, tuvo una rebeldía significativa en el Gobierno de Juan Manuel Santos, organizador del Partido de La U en la primera década de este siglo, junto a otros y otras políticas de carrera, que, al usar la inicial de su emperador reelecto con trampas y trapisondas, lograron meter un articulito para cambiar la Constitución y conseguir, para su proyecto, no uno, ni dos, sino cuatro gobiernos bajo su sino. 

Creo que pocos contaban con la astucia —o el ego, o ambos— de Santos, para comenzar a negociar con las Farc, sin la anuencia de su máximo líder. Esa desobediencia, más el plebiscito como un acto de soberbia personal, para demostrar quién tenía más poder, dio al traste con el Frente Nacional-segunda etapa, que terminaría con un proceso de paz que le abrió el camino a la izquierda democrática, pero que significó, antes, la llegada del gobierno más precario que haya tenido el país, de 2018 a 2022.

Esos hombres —sobre todo hombres— hoy se reúnen y sueñan con recuperar una época. Aquella en la cual ellos podían decidir y ponerse de acuerdo en cómo repartirse las instituciones, los negocios, las rentas y el poder político en Colombia. Como se siguen soñando como hacedores efectivos de un pasado que creen luminoso, vuelven a sembrar el país de dimes y diretes de otras épocas, según los cuales nos íbamos a convertir en un país comunista, íbamos a instalar una dictadura estatista, la economía se iba a hundir, la guerra iba a reinar… Y un largo etcétera que es insostenible habida cuenta de los datos y logros que ha ofrecido este Gobierno.

Esas reuniones en casa de César Gaviria Trujillo y la manera en que idean ese nuevo pacto se parece mucho al pasado, y muy poco al futuro que los colombianos queremos para este país diverso y poderoso como pocos en el planeta. El pacto quisiera instalar otras gloriosas décadas de Frente Nacional en nombre de las buenas costumbres, la estabilidad, el orden y la seguridad, como si no se sonrojaran del estado en que Colombia ha andado en las últimas siete décadas. Un Frente Nacional 2.0 capaz de recapturar y encerrar a los desobedientes, y regresar a los días en que quien se oponía podía dar por sentada una amenaza, un exilio o la muerte.

Ante la ‘operación enredo’ del Consejo Nacional Electoral de entregar personería jurídica al Pacto Histórico, excluyendo a Colombia Humana por supuestos vicios de forma en la presentación de las asambleas requeridas para aspirar a la fusión, y de demorar la decisión hasta volver inexorable su fracaso por imposibilidad temporal, más la discusión sobre cuál debería ser el nombre de quien pueda representar las causas de la izquierda en marzo, en una coalición con los liberales, y quienes se inscriben en el centro, es importante recordar que quienes saben del poder político en el país lo han gobernado, han sido beneficiados por el Estado de muchas maneras, entienden el juego y podrán proponer un nuevo Frente Nacional, activando así una memoria que está descuadernada desde que ellos mismos convirtieron sus partidos en fábricas de avales y operaciones politiqueras al capricho de sus líderes. 

Del otro lado, la única manera de profundizar el cambio, de reconducir algunos asuntos que de manera natural fueron caóticos, corruptos y complejos en este primer momento de gobernanza, es entender que Colombia es mucho más amplia, compleja, y que se necesitará de nobleza para construir un entramado con pactos políticos encima de la mesa, con reglas claras, con un objetivo de seguir proponiendo la pacificación del país a través de la inversión territorial: un Frente Amplio.

No es fácil. Conviene recordar las profecías cumplidas del jefe conservador Laureano Gómez sobre esas gentes que no merecen nada: “La otra raza salvaje, la raza indígena de la tierra americana, segundo de los elementos bárbaros de nuestra civilización, ha transmitido a sus descendientes el pavor de su vencimiento. En el rencor de la derrota, parece haberse refugiado en el disimulo taciturno y la cazurrería insincera y maliciosa. Afecta una completa indiferencia por las palpitaciones de la vida nacional, parece resignada a la miseria y la insignificancia. Está narcotizada por la tristeza del desierto, embriagada con la melancolía de sus páramos y bosques”. 

Los resentidos, pues. Los que no hacen nada.

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