
Habían pasado pocas horas después de que el propio presidente anunciara al país en su consejo de ministros televisado -visiblemente descompuesto por la noticia- que los Estados Unidos habían descertificado a Colombia en la lucha contra el narcotráfico. De pie, con el fondo del avión presidencial, Gustavo Petro lanzó una afirmación tajante sobre la descertificación: “Es un insulto para mi vida porque si hay algún líder político después de Galán que ha luchado contra el narcotráfico, he sido yo”. Sí, escuchamos bien: ¡Galán y Petro, los dos adalides de la lucha contra los narcos!
A Galán, todo el mundo lo sabe, lo mandó asesinar Pablo Escobar. Lo decidió el día en que el político santandereano anunció que regresaría al partido Liberal con una condición: una consulta interna para elegir el candidato que iría por la Presidencia en mayo de 1990. En ese momento, Galán reiteró que la extradición era la mejor manera de combatir el narcotráfico. La noticia se divulgó por los noticieros. Ese día, Pablo Escobar estaba escondido en una caleta cercana a la hacienda Nápoles conocida como Las Marionetas. Y relata su hijo, Juan Pablo Escobar, en su libro Pablo Escobar, Mi Padre que “aunque no subió la voz, quienes estaban con mi padre en ese momento escucharon una frase que sonó a sentencia: mientras yo viva usted no será presidente, un muerto no puede ser presidente”.
Ese libro, publicado en 2014 por Planeta, es un relato detallado, revelador, impactante, de una visión inédita de lo que fue Pablo Escobar, revelando detalles de momentos clave en la vida del jefe del Cartel de Medellín. Esta vez, desde la perspectiva de un joven que fue testigo de todo lo sucedido y que, años más tarde, decidió contarlo convencido de que decir la verdad era el camino para que la historia no se repitiera. Y tiene un factor que lo hace más relevante: viene de un hijo que no necesita engrandecer o justificar la figura de su padre, sino lo contrario: desmontar su herencia de crimen y violencia.
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