
Soy rolo de nacimiento, palabra, obra y corazón. He vivido en esta ciudad desde siempre. Y he usado, y padecido, todas sus modalidades de transporte. Me acuerdo del trolley por la carrera 17 y al conductor bajándose ocasionalmente a reubicar las tirantas del bus, es decir volver a encajarlas en los cables eléctricos que colgaban de los postes. Maravilloso sistema que la corrupción también acabó, por cierto.
Además, me tocó el bus amarillo que durante un año me llevó —cada mañana— de mi casa en el occidente, por toda la calle 80, hasta el centro de la ciudad donde estudiaba. En 1978 el pasaje valía un peso.
Después me tocó buseta, colectivo, bus verde TSS, ejecutivo, taxi negro (como en Londres) y cuando entré a trabajar, carro particular. En todo ese tiempo, por ejemplo, conocí la avenida Caracas dividida por una hermosa alameda que luego tumbaron para darle paso a un extraño sistema de transporte que recogía a los pasajeros en la mitad de la calle, la impopular troncal de la Caracas, que finalmente terminó convertida en la vía del Transmilenio y que ahora, poco a poco, va desapareciendo bajo las columnas que soportarán el metro de la ciudad.
Sí, el metro de la ciudad. Por fin. En dos años y medio, si nada extraordinario sucede, la primera línea del metro rodará por 24 kilómetros y pasará por 16 estaciones, desde Bosa en el suroccidente hasta la calle 72 en el nororiente. Espero poder estrenarlo.
Mi primera vez en metro fue en Medellín, cuando en diciembre del 95 viajamos a la Costa en familia y de regreso paramos en la capital antioqueña a conocerlo y a montarlo. Llevaba un mes de inaugurado. Y hace poco que fui, sigue reluciente, seguro y funcional. Ojalá se aproveche todo este tiempo para aprender de los paisas sobre cómo cuidarlo, cómo tratarlo y cómo ampliarlo.
El mes pasado, una revista especializada ubicó a Medellín dentro de las nueve ciudades con mejor transporte público del mundo, al lado de Londres, Estocolmo, Tokio, Hong Kong, Singapur, Seúl, Delhi y Washington. Merecidísimo reconocimiento ahora que cumplirán 30 años de esa dicha.
Ahora son tiempos de TransMiCable, de Transmilenio, de taxi amarillo, de úber y todas las plataformas, de patinetas eléctricas, de ciclorrutas, de mototaxis, de bicicletas y de motocicletas, de muchas, muchísimas motocicletas, todo eso mientras esperamos pacientemente que los vagones comiencen a rodar.
Vi por ahí que estuvieron invitando a ver cómo llegaban los vagones del metro al puerto de Cartagena. Al principio pensé que era una broma. Pero, después comprobé que era cierto. La Alcaldía de Bogotá invitaba a la ceremonia de desembarque del primer tren del metro en Bogotá.
La ceremonia de desembarque. ¡Hágame el favor!
El metro va muy bien, más del 60 por ciento de construido. Pero, transmitir en vivo y en directo la llegada de unos vagones al puerto de Cartagena, me parece bastante exagerado y francamente innecesario. Además, hubo Himno Nacional. E Himno de Bogotá.
En un principio pensé que —otra vez— nos ganaba el parroquialismo, pero ahora me parece que es más una innecesaria explotación política de la gigantesca obra. El alcalde de Bogotá viajó hasta Cartagena y se despachó un interesante discurso en el muelle, aunque creo que era el que debería dar cuando se inaugure el metro en Bogotá, no cuando llegue el primer vagón. Por eso digo, una innecesaria exageración.
Está planeado que los vagones lleguen esta semana a la capital de la República. Espero que no declaren día cívico, que no haya desfiles ni caravanas, que no obliguen a los estudiantes a enarbolar banderas de la ciudad, que no lancen pétalos de flores, que no esparzan papel picado, que no saquen los carros de bomberos. Son cinco o seis vagones, y ya.
Algo grandilocuente, el alcalde dio la orden por un radio de comunicaciones para que iniciaran el descargue del tren, diciendo que cambiaría la historia del país y otras cosas más. En realidad, eso no pasará. El metro no cambiará la historia del país, como no la cambió el de Medellín. Es la obra de infraestructura más importante de la ciudad, sí. Pero, ya, no es más.
Voté por Carlos Fernando Galán —aclaro, no soy galanista militante— porque me parecía un tipo respetuoso y tranquilo (aunque a veces se le salta la rabia con Petro) y creo que está cumpliendo y ejecutando lo que prometió. Lo que pasa es que me preocupa verlo distraerse con cosas nimias como irse a Cartagena a recibir un vagón de tren. Con todo lo que aquí hay que hacer.
Jaime Honorio González
@JaimeHonorio.
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