
Un estudio reciente sobre estrategias de comunicación digital en la Unión Europea señala que “geopolítica” es uno de los términos más recurrentes en la discusión política internacional contemporánea. Durante más de un siglo, la geopolítica se explicó a partir del control del territorio. Desde Halford Mackinder y Karl Haushofer, teóricos de la geopolítica, el poder de los Estados se midió en extensión territorial, fronteras y control estratégico de recursos naturales. La hipótesis era clara, y así funcionó durante siglos: quien domina espacio físico y recursos, manda. Los conceptos de la geopolítica heartland (corazón del mundo), el lebensraum (espacio vital) y el “destino manifiesto” estadounidense, compartían una misma convicción: el mapa define el poder.
Sin embargo, el siglo XX mostró los límites de esa mirada. Los últimos Imperios territorialmente extensos, el Austrohúngaro y el Otomano, fenecieron tras la Primera Guerra Mundial; la fuerza militar ya no garantizaba legitimidad ni estabilidad. En contraste, Estados pequeños en territorio, pero culturalmente influyentes, han consolidado una proyección global enorme (un ejemplo, Austria). Algo cambió en la naturaleza del poder. Ya no se trata solo de armas, aranceles o recursos naturales. La disputa geopolítica ocurre también —cada día más— en los imaginarios, en los valores y en las narrativas culturales.
Aquí resulta clave el planteamiento de Antonio Gramsci: el poder más eficaz no es únicamente el que se impone por la coerción, sino el que logra que sus ideas, valores y visión del mundo sean aceptadas como “sentido común”. Mientras la geopolítica clásica pensaba en dominar espacios, Gramsci entendió que “el poder es un centauro: mitad coerción, mitad legitimidad”.
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