
Me parece que sólo en la política es que uno puede escupir en la cara al oponente o recibir el agravio y si, posteriormente, las necesidades del servicio así lo piden, darse la mano, deshacerse en elogios, aliarse, hermanarse y/o –en varios casos- hasta emparentarse. Sólo en la política.
En cambio, en la vida ordinaria, en las rutinas diarias o en el cotidiano trasegar de los hombres de a pie, las peleas, los insultos, las agresiones y las afrentas suelen transformarse en eternas malquerencias, en permanentes enemistades, en imposibles reconciliaciones, así se rompan lazos familiares por siempre, o se acaben empresas indestructibles, o se conviertan en verdaderas pesadillas aquellos maravillosos sueños construidos durante años. “Y ese orgullo, a ti te va a matar...”, cantaba el juglar.
El próximo martes tendremos la irrepetible oportunidad de apreciar un notable ejemplo de lo descrito en el primer párrafo: Gustavo Petro irá a la Oficina Oval en Washington y se estrechará la mano con Donald Trump en tanto lo saluda en su vetusto inglés y se hace el que le entiende el inmediato comentario que seguramente habrá mientras el intérprete le traduce casi en tiempo real. Y ahí, ¡que Dios nos coja confesados!
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