
Si verla en video resulta estremecedora, no me imagino cómo debió ser en ese auditorio de Medellín -convertido en confesionario público- la escena del oficial del Ejército que se arrodilló ante una abuela y una hermana para pedirles perdón por haber dado la orden de ejecutar a sangre fría a su hijo y hermano única y exclusivamente para aumentar una absurda cifra de “dados de baja” en la oscura época de los llamados falsos positivos, hace ya 23 años.
Sí, 23 años y nada que cerramos esa herida. Antes, por el contrario, hay unos dedicados a echarle sal, sin importarle a quien le duela.
El entonces teniente Andrés Rosero trabajaba en el Batallón de Artillería No. 4, coronel Jorge Eduardo Sánchez, conocido como BAJES, que queda en Medellín, Antioquia, el departamento donde se consumó casi el 25 por ciento de todos estos asesinatos de inocentes en esta oscura página de nuestra larga y asquerosa historia de la infamia colombiana. No haré un recuento de todos los crímenes que se cometieron por allá, y -desgraciadamente- por todo el país. Solo recordaré éste:
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