
Las dos grandes sorpresas de las elecciones no salieron de las viejas maquinarias políticas ni de las tribunas tradicionales. Salieron de Bogotá. Las votaciones de Daniel Briceño y Juan Daniel Oviedo revelan algo más que el éxito individual de dos figuras emergentes: muestran que la capital del país vuelve a funcionar como laboratorio político, un lugar donde empiezan a aparecer nuevas formas de liderazgo que podrían anticipar cambios más profundos en la política colombiana.
La irrupción electoral de Daniel Briceño podría parecer, a primera vista, simplemente el éxito de un político disciplinado en redes sociales, persistente en denuncias y activo en la vigilancia del poder. Pero la magnitud de su votación nos deja ver algo más profundo. No estamos solamente ante el triunfo de una persona; es el síntoma de un cambio en el electorado de Bogotá, una ciudad con una historia política muy particular.
Durante décadas, Bogotá fue el laboratorio de un tipo de liderazgo urbano que rara vez se acomodó a las etiquetas tradicionales de izquierda o derecha. La ciudad eligió alcaldes que representaban proyectos cívicos, culturales o reformistas más que identidades ideológicas rígidas.
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