
Sí, no hice nada en estos días santos. Nada es nada. Nada realmente importante. Y, sin embargo, creo que ha sido una de las semanas más fructíferas de los últimos años. Les voy a contar por qué.
La mayor parte del tiempo estuve metido en mi casa, lavando platos un día sí y el otro también, dizque tratando de dar ejemplo. Casi a diario intenté ordenar el desorden de un garaje que no tiene arreglo, para todos los días fracasar. Vi dos partes de una trilogía de acción, la segunda más floja que la primera, y la tercera seguro dormirá el sueño de los justos. Me divertí en el tele buscando trailers de películas o series en el infinito mundo de las aplicaciones, uno de mis planes favoritos. Ayudé a poner varias fichas de un inofensivo Darth Vader al que únicamente le falta el casco y recuerdo la comprensiva sonrisa de mi hijo cuando le dije, sin ruborizarme: Yo, soy tu padre (sólo para conocedores).
Y también, vigilé la calle mirando a través de la ventana por tiempos prolongados e invariablemente me quedé dormido, sentado en mi propia silla de remedo de celador.
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