
Existen varias obras musicales que se han dedicado a la defensa de los derechos humanos. No siempre lo hacen de manera explícita. La música, en estos casos, no explica pero ayuda a sentir. Porque no transmite únicamente información: estimula sentimientos, recuerdos, asociaciones, sensaciones. Suscita en el cuerpo y el cerebro aquello que de otro modo quedaría reducido a dato.
La historia de la música clásica está impregnada de ese sentido ético. El War Requiem de Benjamin Britten, escrito tras la barbarie de la Segunda Guerra Mundial, es una misa por los muertos y es un manifiesto contra la guerra. La Sinfonía nº 13 Babi Yar de Dmitri Shostakovich denuncia el antisemitismo y la violencia sistemática. A Child of Our Time de Michael Tippett fue escrita para cuestionar la persecución racial. Y la estremecedora Threnody to the Victims of Hiroshima de Krzysztof Penderecki lleva el sonido al punto de describir lo irrepresentable. Allí donde las palabras se agotan, el sonido abre una forma distinta de comprensión: no traduce el horror, pero lo hace perceptible por otros medios. Incluso, cuando no hay un hecho específico, la música puede convertirse en símbolo. La Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven —con su _Oda a la Alegría_— ha sido considerada como un llamado a la fraternidad y la paz. En todos estos casos, la música no sustituye la memoria: la traduce, la vuelve experiencia estética. La desplaza de los discursos y los documentos a la vivencia.
Hay, sin embargo, una razón más profunda para esto. La música no es solo un arte: es una forma de memoria. En su texto ‘Como recuerdan las sociedades’, el sociólogo Paul Connerton distinguía entre las memorias escritas, materiales —archivos, textos, monumentos— y las memorias performativas —rituales, prácticas, gestos—. La música pertenece a esta segunda categoría: no se conserva únicamente en documentos, sino también en cuerpos que la interpretan y sociedades que la escuchan. Por eso, resiste de una manera particular al olvido.
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