
Durante décadas, la humanidad pareció avanzar —con enormes sacrificios— hacia el reconocimiento de derechos humanos y civiles y la visibilidad de comunidades históricamente excluidas. Sin embargo, algo muy preocupante está ocurriendo: mientras esos avances formales —expresados en resoluciones, constituciones y leyes nacionales— se consolidan, el lenguaje público comienza a moverse en sentido contrario.
No se trata solo de un retorno al racismo explícito. Es algo más sofisticado, más difícil de evidenciar y, por eso mismo, más peligroso.
Isabel Wilkerson (ganadora del Premio Pulitzer, 1994), en su libro Casta: el origen de lo que nos divide, señala que el racismo es, además de un conjunto de prejuicios o actitudes, la expresión visible de un sistema más arraigado y profundo, un sistema de castas. Es decir, una estructura social que clasifica, muchas veces de forma imperceptible, el valor de los seres humanos en una sociedad.
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