
Ya para qué hablamos de política. Ya tenemos claro por quién votamos, o contra quién, da igual. Voto es voto; y plata es plata, dijo una vez un candidato.
Plata es plata, eso sí que ha quedado demostrado en este Mundial de fútbol tan agringado, tan selectivo, tan profiláctico, sin el mejor árbitro de África por su pecado de ser somalí, sin que los jugadores de Irán puedan dormir en tierra estadounidense por los motivos ya conocidos, sin dos de tres presidentes anfitriones en sus respectivas inauguraciones, con innecesarias pausas para hidratar bolsillos, con expulsiones por taparse la boca, “la lenta muerte del deporte que amamos”, dijo Thierry Henry. En fin.
Antes de ese apocalipsis, he decidido intoxicarme de fútbol, mi nuevo televisor no descansa desde que lo prendí al mediodía del pasado 11 de junio para ver a Shakira cantar una canción que no me sé, y a otros dos colombianos famosísimos que no conozco. Después me dijeron que eran unos cantantes que tenían muchos seguidores y también avión privado, y que uno hasta había cantado con Madonna; mejor dicho, parece que me he estado perdiendo de algo histórico. Por decisión propia, seguiré así. Pido perdón por querer seguir revolcándome en mi ignorancia lírica.
No puedo con la música de ahora, señal inequívoca de mi incipiente senectud. Qué le vamos a hacer. Me toca seguir refugiándome en Fito Páez o en Felipe Pirela, depende del día, igual que el fútbol, cuya mágica definición del filósofo Valdano resuena justo anoche que vi Paraguay contra Turquía: el fútbol es un estado de ánimo.
Ibrahimovic, el legendario delantero sueco, lo definió de forma perfecta, igual que lo hacía con la pelota: “Sobrevivir a un partido de Copa del Mundo contra todo pronóstico es para hombres. Hoy, Paraguay fue un equipo de diez hombres con el espíritu de 100”.
El estado de ánimo colombiano va de extremo a extremo. Elegimos presidente entre verdaderos extremos: estamos a punto de matarnos y desde mañana nos volveremos a dar la mano. Y vivimos renegando de nuestro país, pero en los estadios no cantamos el himno, lo gritamos a pulmón herido. Yo mismo lo he hecho.
Pasamos del 5 a 0 a Argentina en el 93, el paroxismo absoluto, al ridículo total en USA 94, ese horrible Mundial que habíamos ganado sin jugarlo y que terminó manchado para siempre por el vulgar crimen del inolvidable Andrés Escobar. De extremo a extremo.
Ese extremismo reflejado en el gran René Higuita, que pasó de tapar casi todos los penales en la final de la Libertadores en el 89 a equivocarse de forma grosera contra Camerún en Italia 90. Y eliminados. Somos el único equipo que ha hecho un gol olímpico en un Mundial, y también el mismo que sigue pensando que fue gol de Yepes; y si la chalaca es chilena, el escorpión tiene patente colombiana.
Y en el debut de hace unos días, pasamos del nerviosismo total a la histórica jugada del ‘Cucho’ Hernández, que se negó a dar una pelota por perdida cuando ya todos estábamos listos para que se botara al suelo, o para que pidiera la falta, o para que dejara salir la bola por la banda, o cualquier cosa menos esa lucha grecorromana que desplegó en un solo instante, esa estirada de pierna más larga que la de Usain Bolt para detener la pelota al filo de la raya, ese inesperado giro de bailarín de ballet que dio para quedar perfilado, esa increíble capacidad para levantar la cabeza y girarla hacia su izquierda mientras protegía el balón y soportaba los embates del gigante uzbeko y —en una fracción de segundo— alcanzar a ver al pequeñito Jáminton a más de 35 metros de distancia, ese disminuir la velocidad para impulsarse sin tomar impulso y poner toda la fuerza necesaria en su piernita derecha, ese patadón a la pelota que ninguno de nosotros, Señores Mortales, léase bien, ninguno de nosotros sería capaz de hacer con la velocidad indicada y la precisión milimétrica, con el alma, con el corazón, con todos los huevos colombianos que le puso ese muchachito pereirano a esa jugada que ahora es ejemplo de Colombia en el mundo, no la coca, ni la muerte, ni Pablo, no, esa jugada de Juan Camilo Hernández, el Cucho, que terminara en ese gol de cabeza del jugador más bajito de nuestro equipo. Una descripción más extrema, imposible.
Eso somos, queridos colombianos, del infierno a la gloria en menos de cinco segundos, como los carros de carreras. Sólo espero no terminar estrellado, como tantas veces nos ha pasado, en las urnas y en las canchas. Que, para Colombia, vienen a ser lo mismo.
@JaimeHonorio
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