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Marta Ruiz
Puntos de vista

Guerras sin héroes

Hay que ser muy ingenuo o muy cínico para ensalzar la guerra. Solo quienes no tienen idea de lo que hablan se atreven a invocarla. En El mundo de ayer, Stefan Zweig rememora los días iniciales de la Primera Guerra Mundial cuando las madres enviaban a sus hijos al frente, convencidas de que a poco volverían rodeados de gloria. Bastaron muy pocas semanas para darse cuenta de que en la guerra la gloria no existe. Que sus hijos jamás volverían, ni siquiera envueltos en una mortaja. Que la guerra es pérdida neta para la gente del común. “No hay héroes, solo niños” dice la madre del difunto Bernard V. O Hare en Matadero Cinco, la obra antibélica de Kurt Vonnegut.

La Odisea de Christopher Nolan se suma a esa fecunda estela del arte que cuestiona la guerra, la desmitifica y nos recuerda la humanidad de los hombres de armas. Nolan adapta con criterio personal y contemporáneo la obra de Homero y nos entrega a un personaje trágico, marcado por la culpa y los fantasmas de una violencia que corroyó todo lo que tenía significado antes de salir de Ítaca. Confieso que he llorado, más que Penélope, no tanto con las peripecias de Odiseo, como con las amargas verdades que debe afrontar tras un largo olvido en brazos de Calipso.

El hombre que regresa a Ítaca es otro: uno envilecido por la violencia, acosado por los recuerdos, y cuya larga travesía, con Poseidón en su contra, parece más un castigo por la catástrofe que ocasionó. Vaga por un mundo donde no encuentra lugar, después de haberse perdido a sí mismo y a su conciencia. Para hallar su casa debe entregarse con humildad a las olas de su propia memoria, en un viaje interior que busca la paz, antes que el reconocimiento o el poder. Su regreso dista mucho de ser la coronación de un héroe.

En su expiación, Odiseo sueña con los hombres que llevó a la muerte. No con los enemigos. Sus pesadillas están llenas de reclamos de sus propios soldados, cadáveres vivientes que gimen por sus vidas perdidas, por los sueños enterrados, por haber sido arrastrados, siendo casi niños, a un delirio sin causa.

Las imágenes de los griegos entrando furiosos a Troya, a destruir todo lo que estaba en pie, nunca le abandonan. Un ejército disciplinado convertido en una horda de salvajes. Diez años odiando. Diez años esperando el momento para desenvainar la espada. Maquinando el daño, la venganza, la destrucción. 

En algunos de los pasajes más estremecedores, Odiseo reconoce que se ultrajó todo lo sagrado, pero lo más violado fue el vínculo humano. “Incendiar a Troya fue como incendiar al mundo entero”. Un daño que puede ser irreversible después de toda guerra. Rota la confianza en los otros, en el prójimo ¿Qué nos queda?

Admite también el papel marginal de los dioses. Aquellos, con razón, se lavan las manos. Humanas fueron las decisiones. Porque la guerra como la paz son decisiones políticas y no metamos a dioses en esto. 

El Odiseo que salió dos décadas atrás de su isla, consciente de que no se libraba una batalla por Helena sino por las rutas del comercio, ya no existe. El que vuelve, tiene mucho de despojo humano. Llora y se recrimina no solo por las vidas perdidas, sino por algo irrecuperable: el tiempo, que es la vida misma.

El miedo reina en Ítaca, por temor a que bárbaros del mar la acechen. La revelación más dura que afronta Penélope es que esos enemigos invisibles no son “los otros”. Son Odiseo y sus hombres. No hay enemigo externo; el enemigo ha sido fabulado para justificar la guerra. 

Como en Oppenheimer, Nolan propone un Odiseo que pasa de creerse salvador a saber que ha contribuido al mal radical, quizás de manera irremediable. "Violamos todo lo sagrado", dice al recordar cómo el Caballo de Troya fue aceptado como ofrenda a Atenea por los habitantes de la ciudad. Él, que ingenió la estratagema, la lamenta.

La guerra es una tragedia, y eso es algo que tenemos que aceptar como sociedad, con todas sus implicaciones. Entender que el día después de terminada la guerra, lo que quedan son ruinas. Esas ruinas morales que nos cercan, como esos cadáveres insepultos que suplican agua a Odiseo y le reclaman por lanzarlos, pobres niños, a las batallas más absurdas, en búsqueda de una gloria vana. 

¿Para qué sirvió finalmente esta guerra? Es la pregunta que se hace Odiseo a su regreso, veinte años después, cuando no ha visto crecer a su hijo, ni envejecer a su mujer, ni progresar a su pueblo, que sigue ardiendo entre violencias de bandidos y falsos héroes. Una pregunta pertinente para las guerras de hoy, para la Colombia de hoy.

No sé si los ministros recién nombrados que levantan la mano y la posan sobre su frente, en saludo militar, saben exactamente qué están haciendo. Lo vimos en una foto reciente, que no sabe uno si leer como una provocación pueril o como un riesgo real para la democracia. O como simples acciones de manada, de robots que obedecen consignas fabricadas en IA, como parte de un nuevo branding bélico.

Tampoco es claro el simbolismo que propone el presidente electo Abelardo de la Espriella al querer jurar en un cuartel militar su compromiso con el pueblo colombiano y la Constitución. ¿Amedrentar? ¿Proponernos la guerra como eje de su gobierno? ¿Cañar? Quizás su estética guerrerista es solo brutal banalidad, que olvida que la guerra, en las malas películas, siempre es espectacular, y en la vida real, un daño irreversible. 

Todo esto tiene cierto tono de atrocidad en un país que, como aquella Ítaca, tiene urgencia de reconstruir sus vínculos sagrados con la vida. La guerra dura poco, la posguerra es sempiterna.

Lo peor de esa simbología militarista es que trivializa las vidas en juego, niega la memoria de lo vivido, muestra indiferencia ante el sufrimiento padecido, e infantiliza el relato político. Como esas mujeres que enviaban a sus hijos a la guerra y luego se sorprendían de que nunca regresaran. 

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