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Jaime Honorio González
Puntos de vista

Mesías en tiempos de Dios

No se las vayan a dar de prestidigitadores. En ese oficio hemos fracasado todos. Y de manera rotunda. Ni el pulpo Paul hubiese logrado acertar. Ni Nostradamus habría podido vislumbrarlo. Ni siquiera el único e irrepetible Walter Mercado, summa cum laude en el arte de la adivinación, multimillonario por cuenta de nuestros irrefrenables deseos por conocer un futuro que no tendremos y que jamás será realidad. No, ni él lo hubiese imaginado.

Somos los mejores profetas del pasado. Somos los reyes del “te lo dije” sin haberlo dicho. Somos los máximos exponentes del “eso se sabía” y del “era de ahí”, todos sacando pecho ahora con el resultado cuando ni siquiera se sabía quiénes iban a competir. Pongámoslo en términos de fútbol, ahora que asoma el nuevo campeón, en el deporte que más se practica en Colombia y del cual somos irrebatibles líderes mundiales —que digo, galácticos— sin discusión: la maravillosa práctica de “hacer la alineación después de jugado el partido”. En eso, nadie nos gana.

Ni en los sueños más húmedos imaginamos —Ustedes y yo— ver aliados a Álvaro Uribe con Gustavo Petro. Lo escribo y no me lo creo. Lo leo y lo releo. Y sí, así es. Ellos dos juntos, ellos dos que han sido, son y seguirán siendo enemigos jurados, de insulto diario, de amenaza permanente, de decirse hasta de qué se van a morir, por tuiter o por interpuesta persona, con grandilocuente estilo o con horrores de ortografía, como sea. Sin matarse, pero —eso sí— a muerte.

Excepto, claro está, cuando haya un interés superior.

Hace seis meses, tampoco nadie, ni el más reputado cartomántico ni el mejor prospectivo, hubiese anticipado que ese interés superior iba a ser Abelardo de la Espriella. ¿A qué hora? ¿En qué momento? ¿Cómo pasó? ¿Cómo es posible que ese tipo, al que ambos miraron por encima del hombro, ahora los tenga corriendo bases para —políticamente—supervivir?

Claramente, ambos poderosos lo subestimaron, lo miraron de reojo, yo creo que les parecía filipichín en exceso, bastante caricaturesco como para ser tomado en serio, demasiado ostentoso para conectar con el pueblo, sibarita consumado como para untarse de barro, en fin.

Uribe no se toma un trago hace muchísimos años y no veo a Petro bebiendo ron Defensor, así se lo regalaran. Abelardo se mete sus buenas copas.

Al expresidente le encanta andar en crocs y el saliente es uno de los más entrópicos exponentes de la moda colombiana. De la Espriella —en cambio— anuncia, orgulloso, una colección de ropa italiana, “hecha para hombre exclusivos como tú”, reza la publicidad.

No lo vieron venir. Se les pasó por entre las piernas. Se les creció mientras el uno le daba palmaditas en la espalda y el otro le decía de todo. Al primero lo neutralizó con lisonjas, al segundo le devolvió los insultos. Y ahora, a ambos los tiene en contra, el uno porque siente cómo se le va entre las manos ese poder que amasó durante tantos y tantos años; y el otro, porque le da miedo que —de verdad— lo extradite. Yo sé que para eso se necesita un proceso judicial y una serie de condiciones que aún no están dadas. Pero, hace pocos años, en Colombia era popular repetir —medio en sorna— aquella frase de que acá no se le negaba una extradición a nadie. De seguro, al saliente presidente le debe estar preocupando que sea en serio.

Así que yo los entiendo. A los tres. Al expresidente, porque no hay peor vicio que el poder. Al saliente, porque eso de que lo extraditen debe dar mucho miedo y él comienza a sentir pasos de animal grande. Y al electo, porque muy rápido está descubriendo que —en nuestro país— el presidente es, prácticamente, Dios.

Y  Dios es más que un Mesías. O que dos, así estén juntos. Ya lo verán.


@JaimeHonorio

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