
Han sido siete días de tristeza y dolor, hora tras hora, desde el lunes 10 de agosto. Es lunes 17 y aún siguen llegando noticias de muertos, heridos, desaparecidos, de innombrables destrucciones en muchos lados de Colombia, especialmente en Cali, Pereira, Buenaventura, Quibdó y Manizales. Las cifras son pavorosas: 289 fallecidos, 3.900 heridos y 379 desaparecidos. Pereira, la más destruida.
Duele el país entero, pero ese dolor llega a cada uno de manera distinta. Los que perdieron a su familia y a sus amigos tienen una herida y una ausencia en el corazón; los que perdieron su vivienda, su barrio, su colegio, saben de la desolación; los que recorren la ciudad en estos días de espanto y ven que un lugar donde recibieron el primer beso o escucharon la canción que resuena en sus oídos, ha desaparecido, sienten una aleve puñalada de la nostalgia.
He visto, he oído, he sentido a Buenaventura, a toda Buenaventura, a sus negros, al oleaje de su mar, de su verde y oscuro mar, al rumor de su alegría y de su recóndita tristeza. La he visitado tantas veces para leer con su gente La vida infausta del Negro Apolinar y saber de cierto si allí estaba su voz, si su mundo asomaba en mi novela, ahora siento el impacto de su tragedia en mi alma.
En Pereira, en mi juventud, tuve la fortuna del amor, la inefable fortuna del amor: una mujer con la que recorrí metro por metro esa ciudad que respira sensualidad en cada esquina, en cada bar, en las noches de sopor o bajo la lluvia sempiterna que cae sobre sus tejados con fresca alevosía. Teníamos el Rincón Clásico para oír las músicas que habían dado vueltas por esta América nuestra, más nuestra en sus letras y canciones, el tango y su arrabal, los boleros de ensueño y la salsa con esa vibrante percusión que se mete como diablo por los poros sudorosos de avezados bailarines. Don Olmedo les daba vuelta a los acetatos mientras nosotros con la mano en un preciso pliegue del placer le susurrábamos al oído alguna palabra jubilosa a la compañía amorosa de nuestros días.
Manizales era otra cosa. Su cielo azul sólo pierde la calma cuando el nevado se irrita un poco, y hay allí un aire contenido, una timidez centenaria y en medio de ese mundo sin grandes ambiciones florecieron poemas y libros y eventos desafiantes como el festival de teatro y la marcha diaria por la calle veintitrés que, en mis tiempos, estaba tachonada de bares donde hombres vestidos a la vieja usanza, con sus sacos y corbatas, hablaban del sabor del café y de los riscos empinados de sus fincas.
En ese Manizales encontré a un amigo, Jorge Hernán Flórez, y con él y con otros tantos amigos, formamos un grupo de admiradores del minotauro de Buenos Aires, de ese Borges que empezaba a decirle al mundo que se podía leer de otra manera una tradición y escribir de otra manera una traición o la artera intención de un cuchillo o la tristeza de una milonga: nos pusimos a buscar el panteísmo en su obra, cuál era el dios que recorría sus letras a veces abismales, a veces sublimes, para escribir a cuatro manos cincuenta y dos páginas que se las llevó el viento en ese final de los años setenta cuando aún no sabíamos de los demonios que se vendrían sobre Colombia.
No he sido capaz de escribir de política en estos días a pesar de los graves ramalazos y los desvaríos de una política exterior impensable para un país que hierve; a pesar de la incertidumbre que abate a regiones y a muchedumbres que sienten con pavor los vientos que intentaran arrebatarles conquistas que a buena hora tuvieron; y, también, a pesar de que conozco por dentro la mezcla ominosa entre política y religión. No puedo escribir de estas cosas porque me levanto en las mañanas muy temprano y cuando el sol aún no ha podido espantar el azul oscuro del cielo, me quedo mirando absorto, desde la terraza de mi casa, al occidente y al sur de mi país.
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