
Hace poco releía un par de ensayos que me conmueven mucho y ambos tienen como tema central la fotografía. Se trata del reconocido libro de Susan Sontag, Sobre la fotografía, y el ensayo Fantasías sobre las relaciones entre poesía y fotografía, del poeta Mark Strand. Regresé a los textos un poco con la nostalgia de quien se queda mirando durante horas los viejos álbumes familiares y reconoce en ellos no solo una poética, sino un nítido mapa de la memoria.
En aquellos días de niñez y adolescencia, si se quería capturar el momento se debía ser cuidadoso del instante. Cuidar el instante para dejarlo fijado en la eternidad. Los rollos tenían poco cupo y había que atesorar cada posibilidad de obturar. Sin embargo, todos aquellos momentos debían esperar muchos más días para ser revelados. Aquel carrete viajaba a un cuarto oscuro y luego se bañaba en químicos hasta que aparecía sobre el papel una imagen. Por eso debíamos elegir bien a la hora de tomar una fotografía.
Susan Sontag lo advirtió antes de que el fenómeno que vivimos hoy con los celulares y las miles de selfis se volviera epidemia: “Aprendemos a vernos fotográficamente” mucho antes de saber vernos de otro modo. Y añadió que “coleccionar fotografías es coleccionar el mundo”. El problema es qué mundo estamos coleccionando ahora. El mundo está herido, siempre ha tenido grandes heridas y cicatrices, pero hoy coleccionamos ese mundo quebrado en mil pedazos como escenario de nuestra vanidad. Ya no guardamos una imagen del mundo, sino la imagen de nosotros delante del mundo. Finalmente, los protagonistas somos nosotros y no el paisaje o la escenografía. Para Sontag, la cámara alteró nuestra relación con la realidad hasta enseñarnos un nuevo código visual, una verdadera “ética de la visión”. Fotografiar era decidir qué merecía ser mirado y convertir el mundo en una antología de imágenes.
Por su parte, el poeta Mark Strand, en sus reflexiones sobre poesía y fotografía, cuenta algo que destaca justamente lo que hemos perdido. Mira una foto suya de niño, en brazos de su madre, y descubre que lo que lo conmueve no es la escena, sino la ausencia: el fotógrafo, su padre, que no aparece en el cuadro, pero hacia quien todos, en la imagen, se inclinan. La foto de familia —dice Strand— nos entristece porque revela un amor dirigido hacia alguien que está fuera de ella. Hay, en ese instante, una entrega total: su madre se permite estar ahí, espontánea, sin ninguna pose, precisamente porque confía en quien sostiene la cámara. La fotografía análoga, la del rollo y el revelado, dependía de esa confianza: alguien miraba a otro, y ese otro se dejaba ver. Strand comprende además algo todavía más doloroso: aquel niño de la fotografía era inocente del futuro. No posaba para el hombre que muchos años después contemplaría esa imagen. Vivía, como viven los niños, en un presente perpetuo. Quizás por eso la fotografía y la poesía se parecen tanto, porque atrapan con asombro el instante y pareciera celebrar más a los ausentes.
La foto análoga necesitaba paciencia, revelado, fijador y la espera del papel bajo la luz roja. Ese proceso químico era también un proceso emocional en el que uno aprendía a esperar el resultado de un instante ya pasado, a reconciliarse con lo que la cámara había visto y que uno no podía controlar del todo. Hoy la imagen se produce y se juzga en el mismo segundo, se retoca, se descarta y se repite hasta que coincide con la idea que tenemos de nosotros mismos.
Pienso en el poema de Charles Wright que cita Strand, Bar Giamaica, 1959-60, donde un grupo de amigos posa, sin saberlo, para una fotografía que se volverá, con los años, un lugar de duelo: “Todos han cruzado el filtro de estrellas de la memoria”. Ese verso conserva algo que poco se ve en estos días y es que la imagen tenga la certeza de sobrevivirnos. O acaso alguna de nuestras miles de selfis serán miradas con esa misma tristeza que sintió Strand frente a la foto de su madre o sus amigos. Cada vez creo más que nuestras fotos digitales corren el riesgo de no ser recordadas por nadie, ni siquiera por nosotros, porque son demasiadas, demasiado iguales, demasiado ansiosas de gustar como para dejarse extrañar después.
Me gusta recordar ese pequeño ritual de ir a recoger las fotos reveladas a Foto Japón después de un viaje o una fiesta familiar. El sobre tenía algo de correspondencia llegada desde el pasado. Uno abría aquellas fotos y encontraba sorpresas como que una foto estaba movida, otra oscura, alguien había salido con los ojos cerrados, un dedo se había atravesado en el objetivo. No había manera de borrar el error. La fotografía imperfecta también entraba al álbum y se convertía con los años en parte de la memoria visual de todos, con sus imperfecciones y errores.
Quizás por eso a veces es bueno apagar por un momento las pantallas y dejar de fotografiarnos para volver a mirar con detalle el mundo. Preguntarnos qué merece realmente ser conservado de este planeta nuestro, tan hermoso y tan herido. Porque puede ocurrir que hayamos acumulado millones de fotografías y, cuando llegue el futuro a buscar nuestro rostro, no encuentre ninguna capaz de decir quiénes fuimos.
Quizás el verdadero retrato de nuestro tiempo no sea la selfi que multiplicamos hasta el hastío, sino esa fotografía que todavía no hemos aprendido a tomar. La del otro, mirado con la paciencia de quien espera un revelado, sabiendo que la imagen tardará en llegar, que podría no ser perfecta, y que precisamente por eso, por su fragilidad, por su demora, por su negativa a complacernos, será la única capaz de sobrevivirnos con dignidad. Como aquella foto de la madre de Strand, abrazando a sus hijos frente a un fotógrafo ausente que resultó ser, después de todo, la prueba más pura de amor: alguien mirando a otro sin pedir nada a cambio, ni siquiera que le devolvieran la mirada.
Esa es la fotografía que nos falta. La de la sinceridad sin pose y allí a lo mejor encontremos el retrato moral de nuestro tiempo. No de cuántas imágenes fuimos capaces de producir, sino de qué fuimos capaces de mirar de verdad. Cuando dentro de muchos años alguien intente revelar esta época, quizá encuentre millones de rostros sonrientes, ciudades fotografiadas hasta el cansancio y tragedias convertidas en contenido, Y entonces la pregunta no será cómo nos veíamos, sino qué vimos y qué decidimos no ver. Porque toda época deja una fotografía de sí misma y acaso la nuestra termine siendo esa imagen incómoda de nosotros en primer plano, perfectamente enfocados, mientras al fondo el mundo arde fuera de foco. El futuro será, al fin y al cabo, nuestro cuarto oscuro y será allí donde sabremos qué imagen de nosotros quedó verdaderamente revelada y conservada en el álbum de este mundo herido.
Lea los comentarios
















