
Como si de un náufrago se tratara, un kilo de cocaína recaló el pasado 10 de agosto en una playa de Badalona, población del Mediterráneo a escasos kilómetros de Barcelona. La droga sellada en plástico resguardaba una estampa de Jesucristo con el brazo extendido mostrando la Biblia. En la parte inferior de la imagen se leía el mensaje: “Siempre vivirás en el recuerdo de tus amigos, compadre”. Algunos invocan a Jesús de Nazaret para hacer el bien, otros para practicar el mal. La distorsión de la figura de Jesucristo con propósitos oscuros se evidencia en la autodenominada “Patria Milagro” de Abelardo, la cual emplea el discurso religioso para alcanzar réditos políticos, beneficiando a una casta reducida que mercantiliza la fe de los colombianos y colombianas.
La instrumentalización de la fe para obtener ventajas no es algo nuevo. Luis Alfredo Garavito, conocido como “La Bestia” o el “Monstruo de los Andes”, luego de confesar la violación y asesinato de menores —más de 200 reconoció ante los medios— fue bendecido y convertido al cristianismo en una prisión colombiana por un pastor Pentecostal. “La Bestia” apostaba por recobrar la libertad posando de buen cristiano. Colombia tiene una larga tradición de sicarios que se encomiendan a Dios o la Virgen antes de quitarle la vida a la persona señalada. La virgen de los sicarios, novela de Fernando Vallejo llevada al cine por Barbet Schroeder, recrea ese inquietante mundo. Las llamadas «iglesias de bolsillo» constituyen otra forma de instrumentalizar la fe con fines de lucro. En esta modalidad, personas deshonestas que se hacen pasar por líderes espirituales engañan y despojan de sus recursos a feligreses de buena fe. Lo estamos viendo en la autoproclamada “Patria Milagro”: la religión como negocio y expolio.
Aun así, Viejo Topo, el cristianismo auténtico posee una trayectoria que dista radicalmente de la que promueven los mercaderes de la fe. En sus orígenes, esta corriente fue implacablemente perseguida, sufriendo martirios tan crueles como el de San Sebastián, atravesado por flechas, o el de San Lorenzo, consumido en la hoguera. En América Latina, los sacerdotes que defendieron a los sectores más vulnerables sufrieron persecución, cárcel y muerte. Un ejemplo emblemático fue el de monseñor Óscar Arnulfo Romero —canonizado por el Vaticano—, quien fue asesinado en 1980 por un francotirador de extrema derecha mientras oficiaba misa en San Salvador. Conocido como «la voz de los sin voz», el mártir salvadoreño dejó una huella imborrable. Tan solo nueve años después, la violencia se cobró la vida de otros seis sacerdotes jesuitas en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”, a manos de militares vinculados a la misma corriente extremista.
Hay una gran diferencia entre la teoría de quienes predican desde una iglesia y la práctica de quienes sirven en lugares remotos y marginados. En mis años de trashumancia por las selvas de Colombia, conocí a sacerdotes que levantaban altares en medio de la nada y a misioneras que desafiaban horas de caminos intransitables, tan solo para tender una mano o regalar una palabra de aliento a un moribundo. Fue el caso del padre Javier Giraldo, fallecido el pasado 25 de agosto, cuyo legado perdura como el reflejo de un compromiso cristiano inquebrantable. Con su cruz al pecho como única armadura, enfrentó sin temor a los poderes de Colombia y puso su propio cuerpo como escudo para proteger a las víctimas de los grupos armados.
El reputado filósofo coreano Byung-Chul Han aborda la figura de la divinidad en su ensayo reciente, titulado Sobre Dios. Su punto de partida son los escritos de Simone Weil, la escritora y mística francesa que, desde su particular visión del humanismo cristiano, formó parte de la Columna Durruti durante la guerra civil española y, más tarde, participó en la resistencia contra la ocupación nazi. “Vivimos en un cercado digital que nos convierte en ganado de información, de comunicación y consumo. El ganado se diferencia de los esclavos en que no se rebela: no aspira a nada en su cercado ni tampoco sale de él, porque solo en ese recinto encuentra alimento. El mundo como cercado no permite la revolución”, sentencia Byung-Chul Han en su ensayo. Mientras el filósofo Byung-Chul Han —galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2025— aporta claves esenciales para comprender los retos del siglo XXI, la ministra de educación de la “Patria Milagro”, Viviane Morales, parece empeñada en retrotraer a Colombia hacia los tiempos del oscurantismo medieval.
Viviane Morales parece salida de las páginas de El nombre de la rosa de Umberto Eco al proponer un debate de tinte medieval sobre la educación en Colombia. Al apelar a la "ideología de género", la funcionaria agrupa a los movimientos conservadores que rechazan la igualdad. Para ella, el modelo ideal confina a las mujeres al ámbito doméstico —entre la cocina y las faenas del hogar— mientras el esposo se encarga de la subsistencia económica. Señora ministra, los niños y niñas de Colombia necesitan con urgencia alimentación y calzado digno para poder asistir a sus escuelas rurales deterioradas. Más allá del catecismo, los estudiantes colombianos requieren una educación enfocada en matemáticas, informática, ciencias, oficios prácticos, inteligencia artificial y lenguas extranjeras. Solo así podrán superar las barreras actuales y progresar en un mundo en constante cambio. Es una contradicción que, mientras el mundo avanza inspirándose en referentes educativos de alta efectividad como los de China y Corea del Sur, las políticas de la ministra impulsen un sistema fuertemente condicionado por la religión, evocando modelos restrictivos como el de Afganistán.
Mientras, Viejo Topo, la llamada “Patria Milagro” impulsa a Colombia hacia un modelo de teocracia, las directivas universitarias prefieren mirar hacia otro lado, los docentes guardan un silencio cómplice y los estudiantes continúan disfrutando de sus vacaciones.
Recomendaciones: Para este fin de semana propongo a los lectores menores de treinta años acercarse al relato Consumir preferentemente, de Andrea Genovart. Asimismo, considerando el actual momento existencial del expresidente Gustavo Petro Urrego, resulta oportuno recomendarle la película La Grazia de Paolo Sorrentino, protagonizada por Toni Servillo. Lejos de ser una simple radiografía política, la cinta explora la profunda humanización de la figura presidencial.
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