
Mis abuelas y tías repetían cada 24 de agosto la misma advertencia: en esa fecha había que andar con cuidado, tratar de no salir a la calle ni jugar con fósforos, encendedores, cuchillos o cualquier objeto cortopunzante porque, según contaba la leyenda, ese día el diablo andaba suelto. Lo decían con tal convicción y seriedad que la superstición pasó de ser una simple anécdota para convertirse en un hábito anual. Era un día de precauciones y de evitar cualquier imprudencia y varias veces me llamaron la atención por desobedecer las recomendaciones.
Ese día, según el calendario, es la fiesta de San Bartolomé, apóstol y mártir al que le fue arrancada la piel y luego decapitado en Abanópolis (Armenia) al occidente del Mar Caspio. El relato que contaban con convicción las abuelas y tías afirmaba que San Bartolomé, quien era dueño de un valle próspero y abundante, fue desafiado por el diablo a una carrera para disputarse todas las riquezas. Cuando parecía inevitable la derrota del santo, este pidió ayuda a Dios y logró dar un salto que le permitió cruzar las dos orillas de un río caudaloso y tomar una irreversible delantera. El diablo intento imitarlo, pero cayó al agua y se ahogó y por eso regresa cada 24 de agosto para vengarse de aquella humillación.
Las abuelas, que, como Úrsula Iguarán, eran dueñas y portadoras de secretos antiguos, nos obligaban a acostarnos temprano, evitar caminos solitarios y no responder a ningún llamado que viniera desde la oscuridad o el viento porque se podía tentar la mala suerte. No había contras que impidieran ese evento tan solo tomar todas las medidas de precaución.
Años después entré, precisamente, al colegio San Bartolomé de los padres jesuitas y descubrí que la leyenda tenía múltiples versiones. Una decía que el apóstol lo derrotó y encadenó para impedir que siguiera atormentando a los hombres. Otras versiones narraban que cada aniversario de esa carrera el diablo lograba romper sus cadenas durante unas horas y se mezclaba entre los humanos como un ser amable y galante con las mujeres. Sin embargo, la que más me gustaba era la que me contaba mi tía abuela ‘Chita Lola’ que decía, para bajarle el tono de terror a la historia y aliviar mis nervios, que el diablo le había pedido permiso a todos los santos para tener un día libre y el único que se lo concedió fue San Bartolomé y que por eso había que dejarle dulces, a ese diablo, en los rincones, para hacerle amable su día entre nosotros.
Estoy convencido de que mis abuelas creían en el diablo. O, al menos, necesitaban esa figura para explicar todo aquello que el lenguaje cotidiano no alcanzaba a nombrar. Cada 24 de agosto sigo recordándolas y confieso que todavía me queda un temor heredado cuando llega esa fecha. Evito, casi como reflejo de la memoria de la infancia, el fuego, los árboles demasiado altos o la cercanía con ríos caudalosos, mientras me divierte pensar que acaso el demonio todavía pasee por alguna calle con apariencia de cualquier transeúnte. Al mismo tiempo, me fascina descubrir las innumerables máscaras con las que ha aparecido en la literatura y en la imaginación humana a lo largo de muchas mitologías y cosmogonías. Quizá por eso vuelvo siempre al Diccionario del diablo de Ambrose Bierce, donde el demonio deja de ser un monstruo para convertirse en un extraordinario humorista capaz de desnudar nuestras miserias. Allí, por ejemplo, define al elector como “el que goza del sagrado privilegio de votar por un candidato que eligieron otros”; al político, como “una anguila en el fango primigenio sobre el que se erige la sociedad organizada”; y al voto como “el instrumento mediante el cual el hombre libre puede hacerse un tonto a sí mismo y una ruina a su país”.
Ahora nos cuentan las recientes noticias que llegaron a hacer exorcismos a algunas entidades del Estado y a las oficinas del ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, lugar donde suponemos se salvaguarda la diversidad cultural de la nación con sus matices, expresiones e identidades. Al parecer llegaron los nuevos inquilinos echando sal en los escritorios y sacando las máscaras y símbolos de los carnavales más representativos y emblemáticos del país porque les parecen diabólicos y malignos. Ellos, los que llegaron, se autodenominaron como exorcistas que saben con certeza donde radica el mal y dónde están los demonios.
Lo cierto es que el diablo está desprestigiado. Ya lo anunciaba García Márquez en Decadencia del diablo, un artículo publicado en El Heraldo en diciembre de 1950: “Es difícil saber a qué oficios se dedicará el diablo ahora que no tiene títulos valederos para impedir que los niños le falten al respeto. Tal vez en su gran cocina infernal, el destronado monarca esté ideando nuevos trucos para reconquistar el segundo paraíso perdido. Pero mientras tanto, es necesario lamentar que toda su aparatosa magnificencia de caballero maligno haya quedado para prestar servicios tan insignificantes como los de pisapapel o monicongo de carnaval”.
Estos monicongos de hoy no regresan al infierno en la madrugada del 25 de agosto, sino que se quedan entre nosotros haciéndonos llorar o reír y el único antídoto es la memoria, esa que quieren borrar de un tajo y volver a los relatos de las abuelas donde reside, con su poética y superstición, la memoria de todos.
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