
Corría 1922 cuando el joven Elias Canetti presenció en Frankfurt una manifestación provocada por el asesinato de Walther Rathenau, ministro de Exteriores de la República de Weimar, a manos de miembros de una organización ultranacionalista y antisemita. Cinco años después, en Viena, vivió una experiencia similar que marcaría definitivamente su pensamiento.
El 15 de julio de 1927, una multitud de trabajadores protestó contra una decisión judicial que había dejado libres a los responsables de la muerte de dos manifestantes obreros. La multitud llegó al Palacio de Justicia y el edificio terminó incendiado. La policía abrió fuego contra los manifestantes y decenas de personas murieron. Canetti estaba allí. Fue arrastrado por la multitud y experimentó en carne propia la fuerza de esa transformación misteriosa por la cual una multitud de individuos puede convertirse en una fuerza arrolladora, en una masa. A partir de entonces, comenzó a trabajar la idea que decantaría décadas después en su famoso texto Masa y poder.
El ascenso de Hitler al poder, en 1933, hizo todavía más urgente aquella investigación. Canetti quería entender por qué los seres humanos en ciertas circunstancias dejan de comportarse como individuos y encuentran en la pertenencia colectiva y en la subordinación una forma de seguridad, identidad y poder. Casi un siglo después, la pregunta vuelve a cobrar actualidad.
Vivimos una paradoja. Nunca habíamos estado tan conectados globalmente y, al mismo tiempo, tan propensos a diluirnos y subordinarnos en comunidades políticas, culturales e identitarias cada vez más cerradas. La modernidad - especialmente la tradición liberal- construyó la idea de una sociedad en la que el individuo pudiera apartarse de la tradición, cuestionar la autoridad, cambiar de opinión, convivir con quien piensa diferente y ser, a fin de cuentas, una suma de seres sociales, pero autónomos.
La sociedad abierta, como la llamó otro austríaco, Karl Popper, es cuestionada precisamente por eso. Nadie puede ni debe llevarnos a habitar un mundo maniqueo, ni determinar por nosotros quiénes son los buenos y quiénes los malos. Nos obliga a pensar por cuenta propia y a convivir con la diferencia. Y allí aparece una tentación antigua: la pertenencia. La necesidad de encontrar un "nosotros" que nos diga quiénes somos, nos proteja de la incertidumbre y nos permita clasificar fácilmente a quienes están en la otra orilla.
Canetti ayuda a comprender por qué esa llamada es tan poderosa. Para él, la masa no es simplemente un enorme cúmulo de personas. Es una experiencia psicológica. En ella se desvanecen temporalmente las diferencias individuales y aparece una sensación de igualdad e identidad. El individuo deja de sentirse solo y experimenta la fuerza de formar parte de algo más grande e importante que él.
La masa necesita un enemigo. Podemos ser diferentes entre nosotros, pero somos iguales frente a ellos. Aquí aparece una de las claves del tribalismo contemporáneo. No estamos regresando literalmente a las sociedades tribales del pasado. Probablemente, una parte importante de la humanidad está reviviendo una lógica tribal al interior de las sociedades modernas, tecnológicamente sofisticadas y políticamente institucionalizadas. Tenemos elecciones, constituciones, congresos, universidades y redes globales. Pero debajo de esas estructuras, bajo la epidermis, reaparecen comportamientos antiguos: es necesario pertenecer, buscar líderes que nos representen. Construimos identidades fuertes, desconfiamos de quienes están fuera del grupo, convertimos al adversario en enemigo y preferimos confirmar nuestras certezas sin prueba alguna antes que ponerlas en duda.
Trump, Milei, Bukele, Putin, Ortega y otros fenómenos políticos contemporáneos no son equivalentes entre sí. Sus ideologías, proyectos y contextos tienen algunas diferencias. Pero varios pueden ser observados desde una misma lógica: la capacidad de movilizar identidades, emociones y antagonismos alrededor de unos propósitos unipersonales o de clase. La diferencia es que Canetti estudiaba la masa reunida físicamente. Hoy podemos observar masas sin plaza, sin mitin y sin contacto físico. Las pantallas pueden producirla.
Millones de personas pueden reaccionar simultáneamente ante una imagen, una frase, un miedo o un enemigo. Las redes sociales permiten encontrar inmediatamente a quienes comparten nuestras emociones y nuestras certezas. Y los algoritmos tienen una característica especialmente peligrosa para la conversación democrática: la indignación, el miedo y la confrontación suelen producir más interacción que la duda, el matiz o la reflexión. Los rebaños ya no necesitan territorios. Pueden vivir en una pantalla.
La manada también necesita símbolos: patria, libertad, orden, religión, nación, comunismo, fascismo. Palabras que dejan de ser conceptos con una historia cultural para convertirse en señales de pertenencia y de identidad. El individuo ya no pregunta qué significa una idea sino que busca a quiénes están de su lado para agruparse.
¿Por qué estamos buscando nuevamente esa seguridad? No basta con culpar a los populistas, a las redes sociales o a los algoritmos. Detrás de su éxito hay sociedades atravesadas por el miedo, la incertidumbre económica, la pérdida de confianza, las crisis de representación, las migraciones, los cambios culturales acelerados, la desigualdad y, probablemente, el vértigo de que el mundo se ha vuelto demasiado complejo para tratar de entenderlo.
En contraste, la tribu simplifica. Divide el mundo entre buenos y malos, luz y oscuridad, nosotros y ellos. Y esa simplicidad resulta psicológicamente muy cómoda y seductora.
Por eso Popper sigue siendo tan necesario como Canetti, porque la sociedad abierta -según argumenta el austriaco- impide que el individuo termine subordinándose a la masa acríticamente. La democracia no consiste en conseguir que todos pensemos igual sino en la posibilidad de construir una sociedad en la que podamos pensar diferente sin convertirnos en enemigos.
Y aquí aparece la cultura. Una orquesta reúne personas que no tocan el mismo instrumento. Un teatro reúne espectadores que pueden interpretar de manera distinta una misma historia. Un museo pone en diálogo épocas y culturas diferentes. La literatura nos permite entrar en la conciencia de personajes que no somos. La cultura crea comunidad sin exigir uniformidad.
La modernidad creyó haber domesticado a la manada, pero Canetti nos recuerda que tan solo la habíamos ocultado bajo la piel de nuestras sociedades y que hoy está resurgiendo.
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