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Luz Janeth Forero Martínez
Puntos de vista

La búsqueda, un compromiso del presente

El 30 de agosto, el mundo conmemora el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. En Colombia, esta fecha tiene un significado profundo. La desaparición de personas ha sido una de las consecuencias más crueles y dolorosas de la guerra, dejando heridas que no cicatrizan; detrás de cada persona desaparecida hay una historia, una familia, una comunidad, una sociedad y un país con ausencias que permanecen en el tiempo.

Hoy, desde la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, buscamos a más de 137.000 personas y cada una de ellas revela las verdades de una de las más graves violaciones de derechos. En esencia, no hablamos de números, hablamos de seres humanos, de vidas y procesos sociales truncados, de familias que llevan décadas buscando sin saber qué ocurrió y dónde están sus seres queridos.

Esta conmemoración es, ante todo, para las familias buscadoras, honrar sus búsquedas, resistencias y resiliencias, para reivindicar su derecho a la búsqueda humanitaria y extrajudicial, su derecho a saber y para ratificarles que no están solas. Buscar a las personas desaparecidas es un compromiso del Estado, pero también una responsabilidad colectiva que nos convoca como sociedad.

La desaparición no termina cuando una persona deja de estar presente, permanece para siempre en la incertidumbre de quienes esperan, en las preguntas de quienes crecieron sin saber la causa de esta tragedia y en las comunidades que todavía guardan la memoria de quienes un día no regresaron.

El Comité Internacional de la Cruz Roja ha advertido sobre al menos 2.000 desapariciones ocurridas después de la firma del Acuerdo de Paz. Este dato nos recuerda que la desaparición “no ha desaparecido” de nuestra cruda realidad, por ello, la tarea de buscar no puede detenerse.

Buscar es escuchar a las familias, recorrer los territorios, sembrar confianza, reconstruir vivencias, contrastar información y trabajar de la mano con comunidades, organizaciones e instituciones. Significa comprender que cada pista puede abrir un camino y que, incluso después de muchos años, la búsqueda puede conducir a diversas respuestas.

Los hechos dolorosos que laceran el país tras el terremoto del pasado 10 de agosto, nos recuerdan que la desaparición puede ocurrir en circunstancias distintas al conflicto armado y que, cualquiera sea su origen, la incertidumbre sobre la suerte y el paradero de un ser querido produce desconcierto y profundo dolor, que permanece mientras no exista una respuesta.

Este 30 de agosto no es solamente una fecha para recordar a quienes desaparecieron, es la oportunidad para preguntarnos: ¿qué estamos haciendo como sociedad para encontrarlos? Acompañar a las familias, aportar información, preservar la memoria, hablar de quienes faltan y contribuir a la búsqueda es la manera de comprometerse en la construcción de la verdad, es el camino para reparar el daño causado, es la expresión de la solidaridad más pura; porque ninguna búsqueda es inútil cuando al otro lado hay alguien que espera desde el dolor de la ausencia.

Por eso, hablar de desaparición es convocar a la memoria. Buscar es reconocer que esas vidas importan y que sus historias hacen parte de nuestro presente como país, como sociedad. La desaparición no es el pasado, no es silencio; la búsqueda es la esperanza transmutada en acción, es el compromiso ineluctable del ahora.

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